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Mar112008

EN ORIENTE
Escambray: La Guerra Olvidada

Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)

Enrique G. Encinosa

XV

LA LUCHA GUERRILLERA EN ORIENTE

Después del fallido desembarco de infiltración de 1959, en Navas, en el cual murió en combate el indio Feria y diez invasores fueron fusilados. los montes orientales se convirtieron en focos de conspiración, y llegaron a existir -según admitieron los castristasmás de cuarenta grupos guerrilleros.

La primera insurrección armada en la provincia de Oriente fue probablemente el alzamiento de los hermanos Manuel y Cipriano Beaton. A finales de 1959, Manuel Beaton era Capitán del Ejército Rebelde, y lo habían implicado en la muerte del Comandante Cristino Naranjo, un oficial rebelde del Campamento Militar de Columbia. Mucho se ha especulado sobre la muerte de Naranjo quien en esos momentos estaba involucrado en las investigaciones de la misteriosa desaparición de Camilo Cienfuegos. Posiblemente por esta circunstancia, Manuel Beaton, su hermano, y un reducido grupo de hombres se alzaron, internandose en la Sierra Maestra. Posteriormente fueron capturados después de varias escaramuzas. Ambos hermanos enfrentaron el paredón de fusilamientos.

A principios de 1961, cuando se preparaba y meses más tarde se ejecutaba el fallido plan de desembarco en Playa Girón, se realizaron dos alzamientos en la Sierra Maestra, dirigidos por Fernando Valle Galindo y Alberto Muller.

Valle Galindo era un ex oficial del Ejército Rebelde, que desde principios de 1960 había comenzado a conspirar contra el régimen castrista desde las filas del Movimiento 30 de Noviembre, dirigido por el líder obrero David Salvador. El Movimiento 30 de Noviembre auspició varios alzamientos, entre ellos se cuentan los importantes levantamientos de César Paez y Ramonín Quesada en el Escambray. A principios de 1961, Valle Galindo viajó a Oriente, transportando armas y hombres para iniciar una guerrilla. El grupo de valle Galindo se mantuvo activo en los montes orientales por más de tres meses. Durante este tiempo, tomaron el Cuartel La Pimienta y sostuvieron varios combates contra las tropas de Castro, en uno de los cuales murió el alzado y ex miembro del Ejército Rebelde, José Figueredo Boza. Aislados y perseguidos, los guerrilleros fueron eventualmente capturados. Valle Galindo y su lugarteniente, Reynaldo López Silvero, murieron fusilados en Santiago de Cuba.

Alberto Muller Quintana de 22 años de edad, era un joven estudiante de la Universidad de La Habana, y dirigente del Directorio Revolucionario Estudiantil. Muller fue uno de los forjadores del clandestinaje del Directorio. Se destacó públicamente como el organizador de una protesta estudiantil que se realizó en La Habana el día 5 de febrero de 1960, en ocasión de la visita a Cuba de Anastas Mikoyan. Ese día el representante del gobierno soviético fue a depositar una corona de flores a los pie de la estatua de José Martí en el Parque Central. Una hora más tarde, los cubanos encabezados por Muller y un grupo de estudiantes intentaron colocar en el mismo lugar otra corona de flores en desagravio a la figura de Martí. Esta acción fue impedida violentamente por los agentes represivos y simpatizantes del régimen. En la refriega hubieron heridos y se realizaron arrestos. Muller, perseguido salió de Cuba hacia Miami en agosto de ese año.

En el mes noviembre Muller regresó clandestinamente a Cuba, para coordinar acciones internas, vertebrando un plan de alzamientos, y planificando la organización de varios grupos guerrilleros simultáneos en la provincia oriental. Los organizadores del DRE en Oriente llegaron a estructurar células clandestinas, denominadas Comandos Rurales las cuales contaban con centenares de hombres dispuestos a alzarse pero que carecían de armamentos.

«Si las armas que esperábamos hubieran llegado», dijo Muller años después, «se habrían alzado simultáneamente en Oriente, más de un millar de hombres, creándole al régimen una situación muy dura. No creo que Castro estaba en condiciones de confrontar en Oriente, otro frente guerrillero de la magnitud del que ya existía en el Escambray. Pero las armas nunca llegaron.»

Reuniendo unos ochenta hombres del DRE, Muller se alzó en la Sierra Maestra a esperar estos cargamentos de suministros. En los montes orientales estaba aún esperando, cuando la Brigada 2506 fue derrotada en Playa Girón. Entre los planes de la Invasión se encontraba el desembarco con ciento cincuenta hombres y armamentos por la Provincia de Oriente. Esta operación dirigida por Nino Díaz, nunca se llevó a cabo. Sin armas ni suministros, Muller y sus hombres fueron rodeados y apresados. Marcelino Magañaz, un valiente guajiro que había sido vital en la organización de los Comandos Rurales fue asesinado por las tropas castristas. En ese año se realizaron alzamientos de policías en la zona de Guantánamo, y un levantamiento de varios grupos clandestinos en Arroyo Blanco, el que fue aplastado por la superioridad numérica de las milicias serranas.

En informaciones ofrecidas por el régimen se dieron las cifras de la existencia de más de cuarenta grupos guerrilleros en Oriente después de la invasión de Girón, en los cuales se alzaron más de seiscientos hombres (la mayoría humildes campesinos). También reportaron setenta y dos milicianos muertos en operaciones contra los alzados, además los incendios de 22 edificios por parte de los guerrilleros. Las cifras de las bajas castristas fueron desmentidas por sobrevivientes de ambos lados que nos han confirmado que éstas cifras fueron mucho más numerosas que las emitidas por el régimen.

En contraste con el Escambray, donde varios grupos se mantuvieron activos por cuatro o cinco años, los guerrilleros en la Provincia de Oriente no lograron participar en la lucha por tanto tiempo. El hecho de que los alzados de la región oriental estaban muy separados unos de los otros, y no podían ayudarse mutuamente, facilitaba al régimen el poder ubicarlos y capturarlos con más rapidez. Esta pudo haber sido la causa de que los alzados en Oriente no lograran presentar los combates que sí se dieron en el Escambray. Las guerrillas de Cholo Toledo y Jorge Rodríguez, conocido por balilo en la zona norte, en las cercanías de Holguín, lograron mantenerse en constante actividad por más de un año, hasta que ambos murieron en combate contra las tropas castristas, a finales de 1962.
Otros jefes guerrilleros de renombre fueron Tuto Pupo Cruz, Daniel Carmenate, Emilio Vera, Hatuey Casals, Marcial Ruiz Téllez, Tira el Cagueiro, Cusberto Guerra, y los hermanos Castro Cárdenas. En 1965 cinco hermanos de apellido Caldero se alzaron, pero posteriormente fueron capturados y fusilados juntos.
Diferentes grupos del exilio trataron de ayudar a los alzados de Oriente. Amancio Mosqueda, El Yarey realizó varios desembarcos en la Provincia, llevando grupos de infiltración para reforzar a los insurgentes. En 1968 Yarey fue capturado y fusilado.

Uno de los hombres que se infiltró por Oriente en la etapa de la lucha guerrillera fue José Gaspar Martínez Quiroga, conocido por el apodo de El Jabao. Martínez Quiroga se infiltró solo, en agosto de 1964 y armado de una carabina M f y explosivos, con la misión de establecer contactos con los focos guerrilleros activos en la región. En la Faldeguera, cercana al Río Toa, El Jabao fue rodeado por doscientos milicianos. El periódico Hoy (órgano de información castrista), publicó una información de la que extraemos que Martínez Quiroga, un ex guardia rural y que había cumplido dos años en el presidio político, se atrincheró en un pedregal y allí resistió en enfrentamiento con doscientos hombres durante seis horas, hiriendo y matando a varios de ellos, hasta que una bala le destrozó la frente.

En 1970 dos grupos de exiliados intentaron reabrir los focos guerrilleros. Uno de ellos, dirigido por José Rodríguez Pérez desembarcó en la provincia oriental, muriendo en la accion. El otro grupo era dirigido por Vicente Méndez, quien al desembarcar con sus hombres, inmediatamente entablaron duros combates con la fuerzas castristas. Vicente Méndez murió en la acción con varios de sus hombres y en un segundo combate, fueron capturados otros guerrilleros del grupo de Vicente Méndez, entre los que se encontraba Aurelio Yevito Nazario, que fue porteriormente fusilado. Yeyito era uno de los hijos del Comandante Aurelio Nazario Sargén.

Los alzados de Oriente nunca han recibido muchos comentario por parte de la prensa castrista. El régimen ha admitido que los alzados del Escambray fueron numerosos y que pelearon duro, pero de las guerrillas orientales poco se ha publicado en Cuba. Quizás a Fidel Castro le molesta admitir que en la Provincia donde él nació y precisamente en la misma Provincia que ellos ha llamado Cuna de la Revolución, centenares de humildes campesinos se inmolaran en una lucha cruenta y desigual contra el comunismo.


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Mar112008

EL ALZADO
Escambray: La Guerra Olvidada

Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)

Enrique G. Encinosa

EL ALZADO

Yo me alcé en el sesenta y uno, ante de la segunda limpia. Pa' ese entonce yo tenía dieciocho años y vivía en Manicaragua con los viejos míos. La milicia fue a velme varias veces pa' reclutarme, pero yo les di de la'o, por que yo no quería eso de comunismo. Entonce decidí que si iba a tener que fajarme, lo iba a hacer del la'o que me diera la gana y no obliga'o pol nadie. Pa' alsalme tenía que tener un hierro polque las guerrillas no querían a nadie que no estuviera arma'o.

Y me puse con suerte, compay. Mi tío me consiguió un Springfield viejo pero en buenas condiciones con ochenta balas. Me dijo que había sido de un guardia rural retira'o que vivía en Trinidá. El guardia estaba muy viejo pa' coger la loma, pero cuando tío le dijo que necesitaba un hierro pa' un alza'o. el guardia sacó el rifle de un escaparate y se lo dió. Y esa misma semana arranqué pa' la manigua. Tenía mi rifle bien engrasa'o, un cuchillo y una mochila vieja. En la mochila llevaba unas cuantas latas de comida v un trozo de nailon. El nailon era pa'dormil en el monte. Uno se envolvía en el nailon y con eso se tapaba de la lluvia y del frío.

La segunda limpia fue cabrona. Aquello, compay, era una bronca de león a mono amarra'o. A mí me han dicho que habían más de cien mil milicianos buscándonos. Yo no sé si eso es verdá, lo que sí te digo que aunque no tuve tiempo de contarlos, habían un burujón de miles. Habían veces que tiraban los peines proletarios y venían marchando uno al la'o del otro, hombro a hombro, cerrando el cerco. Una vez rompí un cerco de ésos encarama'o en un árbol. Estuve enguruña'o en la orqueta de un árbol sin moverme y me pasaron por abajo como sí ná'. Y desde allá arriba se veía bien aquel peine. Era una línea larga, azul y verde olivo. Ellos eran como ochocientos y nosotros éramos seis.

Los cercos eran tripéles y ellos venían peinando, mochando con fuego de ametralladoras y morteros. Y pa' salir de un cerco había dos maneras. Romper por arriba era salir fajao's a tiro limpio. Romper por abajo era esconderse y esperar a que no te vieran. Romper por arriba se hacía de noche. Nunca de día a no sel que empezaran a tirar el cerco y uno tenía que salir embala'o, antes de que el nudo se cerrara. Pero romper el cerco de día era una jodienda. Por la noche nos arrastrábamos de barriga hasta que estábamos tan celta de la primera línea que los sentíamos respirar, que los podíamos tocar con las puntas de los rifles. Entonces disparábamos y cruzábamos las líneas a to'o galope. Hubo veces que el nudo estaba tan apreta'o que ellos mismos se entraban a tiros tratando de agarrarnos.

Romper por abajo era difcil. Había que tener mucha calma, porque había cercos que duraban una semana. Y meterse en un aromal o una cueva por una semana era del carajo. Por el día hacía un calor que te cocinaba como a un plátano maduro, y por la noche un frío violento. Y los milicianos pasándome a dos metros. Yo estuve metí'o doce días en un aromal y por la noche me arrastraba a un potrero a tomar agua de un charco.

Eso del agua era un problema bien serio. Yo tenía una cantimplora que le quité a un miliciano muerto y siempre trataba de tenerla llena. Pero cuando no había agua había que inventar. Nosotros usábamos unas cañitas de tallo de la hoja de la calabaza y de tisibi, que son huecas y largas, y con eso chupábamos agua de lluvia de las grietas en las piedras. Yo siempre llevaba varias cañítas en el bolsillo. Y cuando la cosa estaba dura de verdá', con la lengua chupábamos la humedá' que había en la parte de abajo de las ojas de malanga.

La comida a veces era dificil, y a veces no. Había mucho guajiro que nos ayudaban, pero cuando los fideli'tas empesaron a sacar familias del Escambray y mudarlas pa' Pinar del Río, la cosa se puso más dura. Aún así resolvíamos. Pasábamos por un platanal y arrancábamos un par de plátanos, y los metíamos en la mochila, y a los dos días estaban listos pa' comer, bien maduritos. Y la línea de suministros a veces nos hacía llegar unas cuantas latas de comida. Y comíamos jutías y coles, y malangas, y maíz de los sembradíos. Y mascábamos caña de azúcar. Cuando matábamos un ternero no podíamos cocinar con candela, porque los milicianos podían ver el humo desde la distancia. Los palos de guava blanca no botaban humo, pero a beces eran difíciles de conseguir. Entonces, lo que hacíamos era cortar trozos de carne y ponerlos arriba de una cama de piedras. Mojábamos la carne bien con naranja agria y jugo de limón, y lo tapábamos con hojas de yagrumas. El sol cocinaba la carne to'o el día, y así teníamos carne, pero había que comérsela rápido, porque en un par de días se ponía mala. Allá arriba siempre había hambre, pero el alza'o se acostumbra a vivir con el hambre.

La vida de alza'o era dura, bien dura, compay. Dormíamos en cañadas, en cuevas, en aromales. Nos pasábamos el día escondidos y nos movíamos de noche. Y nos movíamos rápido. Aunque parezca imposible, había noches que nos movíamos cuarenta o cincuenta kilómetros por monte grueso.

La primera vez que tiré una caminata de esas se me engarrotaron to's los músculos de las piernas. Pensé que me iba a morir, compay. Cuando se acabó la marcha me metí en un matorral y dormí once horas, y cuando me desperté, todavía me dolían to'os los músculos, to'o el cuerpo. Pero uno se acostumbra.

Lo que más trabajo me costó acostumbrarme fue a estar sucio. Allá arriba no hay jabón ni ná' por el estilo. El cuerpo se bañaba cuando se cruzaba un río o cuando llovía. Teníamos olor a campo, un olor que era como el palmiche, que no se iba ni a jodías. Era sudor podrio, cuero moja'o, mugre, grasa de rifles, pólvora, ropa ripiá', yerba húmeda y mierda de potrero. Y como olíamos a monte, ni los perros nos olían.

Lo peor de to' eran las heridas. Allá arriba no habían médicos, ni medicinas, ni ná'. Yo he visto curar heridas con crenolina de caballos, con alco'l, con yerbas y tabaco. He visto cerrar la grieta de una herida pasándole la punta de un machete caliente. No hay ná'que huela peor que la carne de un guajiro echa chicharrón.
A los tres meses de estar alza'o, cambié el rifle del guardia por un rifle checo M52, que también le decían R2. Fue en una finca cerca de Pico Tuerto. Matamos a tres milicianos en una emboscada cuando se acercaron a un pozo a tomar agua. El M52 tiene la bayoneta calada y el peine carga diez balas. Es un rifle un poco pesa'o. pero es buen arma.

Ese problema de las armas era algo bien serio. Los fdeli'tas estaban bien armaos y tenían millones de balas. En mi guerrilla éramos doce y teníamos lo que podíamos conseguir. Había una ametralladora Thompson, tres M52 checos, un Springfield, un Garand, una carabina San Cristóbal dominicana y un par de escopetas de cacería. Había tres hombres que no tenían armas largas, na' más que pistolas y cuchillos. Y de las balas ni decir. Yo nunca tuve más de diez peines para el M52, y había quien entró en combate con ocho o diez balas en su rifle. Así no se podía hacer mucho.

Pero nos fajamos duro. Quemamos camiones y edificios, y rompimos cercos y tiroteamos cuarteles y les costó trabajo jodernos. Cada vez que la milicia paraba a un guajiro le abrían la camisa pa' ver si tenía marcas de mochila en los hombros. Nosotros vivíamos con las mochilas colgando y eso dejaban unas marcas que duraban meses en la piel.

En el sesenta y tres, cuando ya llevaba dos años alza'o, me hirieron rompiendo un cerco. La herida, un balazo de metralleta en el muslo, se infestó, y casi me quedo sin pierna. Me escondieron en una finca cerca de Báez, y de allí me llevaron en un camión de viandas a otra finca cerca de la playa de Varadero. Un médico me atendió clandestino hasta que me curé, lo cual tomó casi cuatro meses. Me quede un poco cojo y me di cuenta que para mí, con la pierna así, no había regreso a la loma. Entonces me puse a buscar la menera de irme pa' los Estados Unidos, y me tomó cuatro semanas hacer los arreglos, pero salió bien. Un pescador me sacó a mí y a cuatro alzaos más en un camaronero. En cuatro días llegamos a Miami. Yo fui uno de los que tuvo suerte, compay, salí cojo pero vivo. Hubieron muchos que cumplieron un seremil de años en el presidio. Hubieron muchos otros que dejaron sus huesos allá arriba, y ahora están enterraos en fosas comunes, tos juntos. Nos jodieron, compay. Pero mal armaos, sucios y sin comida, dimos linga dura. Sí, compay, bien dura fue nuestra linga.
 


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Mar112008

LA VIEJA ANDREA
Escambray: La Guerra Olvidada

Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)

Enrique G. Encinosa

LA VIEJA ANDREA

Tiene casi un siglo. Ya los ojos no ven bien y tiene mucha sordera. Su piel está manchada por la edad, pero la voz es firme, y la mente está aún intacta, los recuerdos claros, las imágenes aún nítidas.

Está sentada en el portal de su casa en Hialeah, meciéndose lenta. mente. Su voz habla sobre su finca en el Escambray, y sobre Toma. sito San Gil.
«Mi finca era una tacita de oro,» dice la vieja, «y la trabajaba ye misma. Tenía dieciocho caballerías de tierra y veinte y cinco emplea dos. Mis ochenta vacas producían mucha leche y más de veinte libra: de queso diario. Tenía trescientas gallinas, y puercos de cría, matas de frutas, y siembras de maíz y tabaco. Teníamos agua caliente, planta eléctrica propia y una casa de curar tabaco. Y todo eso lo hicimos coa nuestro sudor, y a los setenta años yo todavía montaba a caballo 3 trabajaba los siete días de la semana.

»Mi finca estaba pegada a las Llanadas de Gómez y el Río Caracusey. Cuando empezaron a traer milicianos me pusieron quince en L - finca. Quince, y se pasaban el día jugando dominó. Me los pusieror para que los alzados no vinieran a buscar comida. Pero los alzado! venían de noche. Y a Tomasito y sus hombres yo le daba lo mejor que yo tenía. Con mis monteros les mandaba latas de galleta, pomo; de dulce de guayaba, y masas de puerco fritas. Muchas fueron la veces que yo misma les llevé alimentos; yo, montada en una burn negra que era mía. Y hasta sueros les puse a esos hombres en L manigua.

»Una vez los cercaron, pero ellos escaparon por unas zanjas después cruzaron el río. El Caracusey estaba hinchado. Uno lo cruzo a nado y amarraron una soga a un árbol y así cruzaron todos agarrándose a la soga. Perdieron las mochilas. Sólo tenían los rifles Llegaron a mi finca mojados y con hambre. En ese momento no había milicianos de posta en la finca. Yo recogí ropa entre mi empleados y les dimos pantalones, camisas, y medias. Picamos varia frazadas para hacer dos de cada una. Y les preparamos comida. Arroz con pollo y plátanos. Y al otro día se fueron unas horas antes de que llegara la milicia.

»A Tomasito yo lo quería mucho. Era jovencito y chiquito de estatura, pero era un león de valiente, y muy bueno. Su lugarteniente era Mandy Florencia, un hombre muy buen tipo. Tenía veinte y siete años y había sido farmacéutico, pero dejó a su familia para irse a la manigua.

»Tomasito venía mucho por mi finca. Y la Niña del £scmnbray también. Ella padecía de la garganta y yo siempre le tenía guardada medicina. Una vez yo fuí a Remedios y les llevé cartas a los Munso, la familia del esposo de La Niña. Y cuando regresé, traje doce rosarios de la Iglesia, rosarios que habían sido bendecidos por el Papa. Y se los llevé a La Niña.

»Una vez La Niña y Manolo estuvieron escondidos en mi finca por quince días. Y cuando aquello los milicianos estaban allí. Ellos dos estuvieron metidos en un matorral al lado de una ceiba grande que estaba cerca de mi casa. Ellos estaban cerca de un chiquero de puercos y uno de mis labriegos les llevaba comida. En un cubo había'. basura para los puercos y el otro cubo tenía comida y agua para La Niña y Manolo. Y a unos metros de los milicianos se pasaron más de dos semanas.
»A Tomasito lo mataron frente a mi finca,» dice la vieja Andrea, y su voz suena muy triste, «Y muchas veces les dije: -Muchachos, váyanse, que los comunistas los van a matar. Ellos tienen muchas armas y muchas balas.- Y Tomasito me decía: -No, Andrea, aquí nos quedamos.- Y allí se quedaron. Los rodearon y eran miles. Los milicianos empezaron a pasar frente a mi finca a las nueve de la mañana, y a las tres de la tarde todavía se veían tropas en el terraplen. Eran miles.

»Toda esa noche estuvieron fajados. Y murieron trece de los alzados, entre ellos Tomasito y Mandy. Y murieron veinte y siete milicianos esa noche. Y eso fue frente a mi finca. Al amanecer, mis labriegos vieron los cadáveres. Uno de los hombres de Tomasito era un negro muy valiente de Caracusey. Ese fue el último en morir. Lo capturaron herido y se murió esperando a los helicópteros, diciéndoles insultos a los milicianos. Y después vinieron los helicópteros y se llevaron los cadáveres. Y ni se los dieron a los familiares para póder enterrarlos.

»Y a los tres meses todavía se veían bien claras, las manchas de los coágulos de sangre en la yerba y en las piedras.»


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Mar112008

EL ESCOPETERO
Escambray: La Guerra Olvidada
Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)


Enrique G. Encinosa


EL ESCOPETERO


Yo tenía una escopeta de doble boca, una Remington calibre 16 que era la mejor arma que había en todo el Escambray. No necesitaba balas. Disparaba cualquier cosa. Cuando las pocas balas que tenía se me acabaron, comencé a inventar. De un caldero viejo y de alcayatas de una cerca saqué miles de pedacitos de metralla. Rellenaba los cartuchos vacíos con la metralla y estaba listo para el combate. Aquella escopeta pateaba como un mulo y tenía un poder expansivo tremendo. Una vez le disparé a un miliciano que estaba escondido dentro de un bohío y la metralla astilló toda la madera y arrancó la puerta de cuajo. El miliciano se rindió en seguida. Pensó que le habían disparado con una bazooka.


El que no se me olvida era un mensajero del ejército que emboscamos en la carretera a Seibabo. Venía en una motocicleta checa con con una alforja de documentos colgando de un hombro y una metralleta checa del otro. Lo vimos venir de lejos y El Zurdo y yo corrimos hacia la carretera para interceptarlo.


Me puse en la punta de la emboscada detrás de una ceiba. El Zurdo, con su ametralladora PPCha se escondió en unos arbustos cercanos, detrás de mí. Decidimos que yo sería el que disparara, y si fallaba, entonces le tocaría a El Zurdo abrir fuego. Estábamos en un recodo de la carretera muy propicio para una emboscada.


Escuché el sonido del motor, como un murmullo que se acercaba. Me arrodillé junto al tronco del árbol. Apreté la culata de la escopeta contra mi hombro, apuntando la doble boca hacia la carretera. La motocicleta con su jinete apareció frente a mí, inclinándose al doblar por la curva del recodo. Cuando se comenzó a enderezar, le vacié las dos bocas en el medio del cuerpo.


El hombre saltó por el aire, retorciéndose, rodando por la carretera, dejando un hilo largo de sangre. El cinto con los peines de la metralleta se desprendió del cuerpo, quedando en el medio de la carretera. La alforja estaba ripiada por la metralla, los papeles esparcidos. La metralleta, manchada de sangre, reposaba inmóvil al lado del cinto de balas. La motocicleta continuó sola por varios metros, cayéndose en una cuneta.


Cargué mi escopeta de nuevo. El Zurdo recogió la metralleta, el cinto y la alforja. Yo me acerqué al cuerpo. Era un hombre joven, bien afeitado, con un bigote grueso. Estaba acostado de lado, con los ojos abiertos, sin ver nada. Su camisa verde olivo estaba mojada de sangre. La barriga estaba abierta de lado a lado. Por la grieta de la herida salía arroz amarillo, cubriendo los bordes de la piel rajada, salpicando de comida la carretera.


Desde ese día, cada vez que como arroz amarillo me acuerdo de aquel hombre.



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Mar112008

EL FANTASMA
Escambray: La Guerra Olvidada

Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)

Enrique G. Encinosa

EL FANTASMA

Era un cabo de milicias en su pueblo de Topes de Collantes. Desde muchacho había recibido el apodo de El Yanki, por su pelo rubio y cara pecosa. Fue movilizado para la lucha contra los guerrilleros, y como todo buen soldado, su preocupación era el sobrevivir las balas enemigas.

El 16 de abril de 1962, El Yanki fue a visitar a un pariente que vivía en un bohío cercano a las Aromas de Velázquez. Cuando El Yanki se acercaba a la vivienda, vió a una figura que se movía en la distancia, hacia una cañada. La figura llevaba un arma norteamericana, una carabina M1, y usaba un sombrero Stetson.
Guerrillero.

El Yanki rastrilló el rifle checo M52. La figura ya había desaparecido. Había movimientos de arbustos en la maleza, hacia el fondo de la cañada. El Yanki disparó a ciegas, el rifle checo culateando contra su hombro. Después del eco del disparo sólo hubo silencio.

Cuando la patrulla de milicianos llegó, atraída por el solitario disparo, peinaron la cañada. Encontraron un cadáver y quedaron sorprendidos. Al guerrillero muerto le faltaba la punta de un dedo en la mano izquierda.

-Felicidades, Yanki - dijo el jefe de la patrulla, -has matado a Osvaldo Ramirez.

El Yanki abrió los ojos sorprendido. Osvaldo Ramírez, el comandante en jefe de todos los alzados, el guerrillero más temido de todo el Escambray. El hombre que había escapado un centenar de cercos, que había eludido dos grandes limpias, se había lanzado por barrancos en saltos suicidas para evitar captura. Ramírez y sus hombres eran responsables de docenas de emboscadas y ataques a tropas de milicia.

El Yanki comenzó a sudar. «Ahora van a venir a buscarme,» pensó, «todos los alzados de Las Villas van a venir a vengarse. Me van a colgar de una guásirna. Me van a abrir el vientre a machetazos. Me van a meter un tiro en la nuca mientras yo esté durmiendo en mi cama.»

El Yanki comenzó a enloquecer. Cada guajiro que veía era un posible enemigo al acecho. Cada sonido en la noche era un alzado que se acercaba, arrastrándose de barriga, con un cuchillo en la mano. El Yanki no dormía bien. Se despertaba gritando, llorando, pidiendo clemencia. Cuando oía disparos en la distancia, comenzaba a sudar frío. Cuando se mencionaba a Osvaldo Ramírez, El Yanki comenzaba a sollozar.

A El Yanki lo enviaron a Europa. Dicen que recibió tratamiento médico en Alemania. Pero aún así, regresó a Topes de Collantes totalmente demente. Ya entonces no habían alzados en el Escambray, pero muchos aún merodeaban en la mente de El Yanki.

El tiempo pasó. Ningún guerrillero se apareció en su casa para degollarlo. Pero El Yanki se cuidaba. No salía de noche. Pasaba horas encerrado en su casa, mirando hacia el mundo por una rendija. Se sentaba algunas veces en el portal, pero siempre entraba en la casa antes de oscurecer.

Aún hoy, veinte y seis años después del disparo solitario en Las Aromas de Velázquez, El Yanki continúa acuartelado, viviendo en su infierno solitario, perseguido por el fantasma del legendario guerrillero. Hay días, en que sentado en el portal de su casa, aún escucha voces al anochecer. Son los muchachos del pueblo, que escondidos en los arbustos, asustan al demente.

-¡Escóndete, Yanki!- gritan las voces, --que Osvaldo viene a buscarte. Ya está aquí.

Y El Yanki, aullando y sollozando, brinca de su sillón, se esconde en la casa, y continúa mirando al mundo por una rendija.
 


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Feb.022008

LA PELUA
Escambray: La Guerra Olvidada
Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)


Enrique G. Encinosa


LA PELUA


Su nombre era Ramón Galindo, pero le decían La Pelúa por apariencia desgarbada. Todos los alzados vestíamos con ropa ripiada por el monte, oliamos a yerba y sudor agrio, teníamos melenas sombreros empercudidos por la tierra de los potreros.


Pero La Pelúa era algo excepcional. Su pelo estaba siempre engrifado. Su camisa, carente de botones, siempre estaba abierta. D botas de cuero rajado estaban amarradas con trozitos de cordel. Si pantalones tenían parches improvisados. Su mochila estaba deshile chada. La Pe/úa era el guerrillero más ripiado de toda la provincia de Las Villas.


Pero era un muchacho bragado. Cuando estaba con la guerrilla d Blanco Hernández se batió como un perro jíbaro. A la guerrilla 1 cayó atrás un batallón especial de combate dirigido por Gustavo Castellón, al que le decían El Caballo de Mayaguara. Era una fiera, i mejor de todos los oficiales de linea que tenía Fidel. El Caballo estuvo tratando de cercar a la guerrilla de Blanco Hernández por un semana, hasta que por fin los acorraló. Se formó una balacera violenta, y la guerrilla se disolvió, tratando de cruzar el cerco. La Pelú cruzó el triple anillo de tropas que los rodeaban y ya tenía camp libre para escapar, cuando vió a un alzado al que llamaban El Hué vilo caer herido dentro del cerco. La Pelúa dió media vuelta y regreso, al combate. Blanco Hernández había muerto, pero La Pelúa recogió a El Huevito y lo ayudó a escapar.


El Huevito tenía un balazo en la nalga, y apenas podía correr, pera La Pelúa le batió la retirada, batiéndose él sólo contra los cazadores de las tropas especiales. Después La Pelúa cargó con El Huevito tres días por el monte, perseguido por un enjambre de soldados, hasta que dieron con nosotros, con nuestra guerrilla en el borde del circuito su y el Escambray.


Cuando nos topamos con ellos, La Pelúa, emocionado, agotado, se sentó en una piedra a llorar, contento de haber podido salvar al amigo. La herida no era seria, pero sí incómoda, y había botado mucha sangre. La limpiamos y los llevamos a nuestro campamento.


Esa tarde el Congo Pacheco comenzó a afilar una navaja para picar la herida y sacar la bala. El Huevito se asustó cuando vió la navaja.


-Eso no,- dijo el herido, -si me pasas la navaja te prometo que voy a desertar.


El Congo se rió y guardó la navaja. La herida se curó, y El Huevito se quedó con el plomo enterrado en la nalga.


Un día cuando fuimos a recoger provisiones a un lugar que se llamaba El Tenedor, La Pelúa conoció a la hija de uno de nuestros hombres en la línea de suministros, una guajirita muy linda que se llamaba María Rosa. Aquello fue amor a primera vista. Regresamos al campamento y La Pelúa sólo hablaba de María Rosa. Y dió la casualidad que ella también estaba interesada en La Pelúa, ya que cada vez que uno de nuestros hombres visitaba la finca, María Rosa preguntaba por Ramón Galindo.


Todos en la guerrilla sabíamos de las ilusiones románticas de La Pelúa. Todos relajeábamos al muchacho de Cumanayagua, y él, con su buen humor, también se reía. Todos sabíamos que siempre habría un voluntario para ir a recoger provisiones a El Tenedor.


Juan Felipe Castro, conocido por Sancti Spíritus era por aquel entonces el jefe de nuestra guerrilla. Un día nos reunió para informarnos que había una misión que cumplir.


-Varios hombres van a ir conmigo,- dijo el jefe, -que tengo gestiones que hacer y contactos con los cuales reunirme.


-¿Vamos por casualidad a ir por El Tenedor?- pregunté yo, sonriendo con malicia.


-Sí. Es la primera parada.


La Pelúa se pasó el resto de la tarde preparándose para el viaje. Zurció los huecos de los pantalones. Se peinó la bola de pelo. Obtuvo prestados cordones nuevos para las botas. Se afeitó con esmero. Al anochecer estaba listo para marchar. Ahora era el mejor vestido de la tropa. Parecía un cadete.


Sancti Spíritus reunió a los hombres y escogió a varios para la jornada. La Pelúa no era uno de los seleccionados.


-Soy voluntario, capitán,- dijo La Pelúa, -no quiero quedarme en el campamento.


El capitán de nuestra guerrilla, conteniendo la sonrisa, inspeccionó al pulcro guerrillero.


-Sí, puedes ir. Ponte en la punta de la patrulla.


Aquella noche caminamos por aquellas lomas más rapido que nunca. La Pelúa, en la punta de la tropa, estaba marcando el paso a todo galope. Nosotros, choteándolo, inferimos un par de veces que debíamos parar a descansar, hacer la marcha en dos noches, pero La Pelúa protestó.


-Miren,- nos dijo La Pelúa, -cuando lleguemos a El Tenedor, no me digan La Pelúa. Yo soy Ramón Galindo. Quiero que me llamen por mi nombre.


Al otro día vino el ansiado encuentro. Cuando nos encontramos con Maria Rosa y su familia, La Pelúa, haciéndose el hombre interesante, estaba escondido en unos matorrales cercanos. Maria Rosa intercambio saludos con la tropa, buscó la cara conocida, y no la vió.


-¿Y La Pelúa no vino?- preguntó la muchacha.


Ante nuestras carcajadas, Ramón Galindo salió del matorral, tratando de lucir lo más formal posible.


La Pelúa y Maria Rosa se hicieron novios. Se vieron varias veces, pero el romance no duró mucho.


Una tarde la guerrilla fue cercada en un cañaveral. La milicia le prendió candela por las cuatro puntas al campo de caña. Nosotros salimos por donde soplaba el viento, cubiertos por el humo. Es un truco guerrillero. Caminamos un tramo protegidos por el humo, alejándonos del campo ardiendo.


Pero el viento era rastrero. Hubo un cambio de viento y nos quedamos al descubierto en un campo recién arado. No había cobertura. La Pelúa brincó una cerca y se atrincheró en una piña de ratón, cubriéndose como podía. Algunos logramos escapar bajo una lluvia de plomo. Al final sólo quedaba uno de nosotros en el campo arado, herido grave. La Pelúa brincó la cerca de nuevo y corrió por el campo arado, disparando su rifle contra la milicia que se acercaba. Cargó al herido y comenzó a correr hacia nosotros. Una bala lo derribó, pero Ramón se volvió a parar y cargó nuevamente al herido. Caminando dando tumbos, volvió a caer, pero se paró por segunda vez. Estaba tratando de recoger al herido cuando una ráfaga los alcanzó a ambos. La Pelúa fue derribado por tercera vez y su sangre mojó la tierra recién arada.


Aquella fue una noche triste. Maria Rosa perdió a un novio, pero Cuba perdió a un muchacho desgarbado que fue uno de los alzados más puros y valientes del Escambray.



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Feb.022008

EL LOCO LOPEZ
Escambray: La Guerra Olvidada

Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)

Enrique G. Encinosa

EL LOCO LOPEZ

Le decían El Loco. El apodo le vino por su audacia, por su sangre fría, por la manera temeraria de actuar ante el enemigo. Manolo López López era de Chambas, en el norte de Camagüey. Fue encarcelado cuando era aún menor de edad, acusado de participar en actividades guerrilleras contra el régimen castrista. Lo enviaron a Torrens, una cárcel para menores en La Habana, para cumplir sentencia y recibir adoctrinamiento político.

Pero El Loco nunca cumplió la condena. Con una navaja se abrió una herida en el estómago, al lado del ombligo. Lo llevaron a un hospital, donde le cosieron la herida. Y antes de regresar a Torrens, El Loco amarró una tira de sábanas y se lanzó por una ventana, perdiéndose en la oscuridad de la noche.

Casi desnudo, herido, y sin recursos, Manolito López se las arregló para regresar a Camagüey, donde se alzó de nuevo. Cumplió los 18 años en la manigua. Aprendió sus tácticas guerrilleras de Rolando Martín Amodia y Arnoldo Martínez Andrade, dos ex oficiales del Ejército Rebelde que fueron los pioneros de los alzamientos contra el castrismo en Camagüey. El Loco participó en muchas acciones, incluyendo el asalto a las Minas de Perea, la toma de los poblados de Río y Centeno, y numerosas emboscadas en los llanos de la Provincia. Para febrero de 1962, a pesar de su juventud, era comandante guerrillero, jefe de los alzados en Camagüey.

En los próximos seis meses, Manolito El Loco se convirtió en uno de los jefes guerrilleros más audaces de toda Cuba. Los propios castristas publicaron relatos que demuestran la audacia de Manolito. En Boquerón, la milicia tendió una emboscada a los alzados. 'En el primer combate murió un guerrillero, Justo López Fuentes. Al poco rato, cuando la milicia peinaba el terreno en búsqueda de la guerrilla, se escucharon dos disparos. Dos milicianos se desplomaron. Cuando las tropas castristas llegaron al farallón desde donde los alzados habían disparado, no encontraron guerrilleros, pero sí encontraron colgado de un árbol un pequeño letrero que decía.

«Por cada patriota muerto, la vida de dos milicianos.

»(firmado) Manolito López

»Comandante en Jefe Frente Norte de Camagüey,»

A Manolito El Loco lo buscaron con ganas. Y él, con su locura y su audacia, continuó rompiendo cercos. Mucho triple cerco se cerró sobre campo vacío mientras El Loco y sus hombres cruzaban sembradíos y potreros, evadiendo a los cazadores de las tropas especiales castristas.

Con temeridad, los hombres de El Loco López llevaron a cabo constantes contra-ataques, a pesar de ser continuamente perseguidos y acosados por el ejército castrista. El 29 de junio de 1962, con la milicia pisándole los talones, Manolito y sus hombres detuvieron a un ómnibus en El Chorro. Después de matar a dos milicianos que viajaban en el vehículo, El Loco le prendió candela al autobús.

El 10 de agosto lo cercaron en Los Barriles. En el primer combate, Manolito López fue herido. Una bala le produjo una herida en el cuello y otra le traspasó una mano. Los cazadores tiraron un triple anillo. Por una semana, centenares de soldados rastrearon las piedras y los farallones, pero no encontraron el rastro de los once guerrilleros escondidos.

Oscar Figueredo, uno de los jefes de las tropas especiales se adentró en Un pedregal. Allí estaba El Loco. Recostado a unas piedras, el joven jefe guerrillero apuntó serenamente con su carabina M 1. Apretó el gatillo cuatro veces. Tres plomos dieron en el blanco. Una bala se incrustó en la barriga de Figueredo. Dos plomos más, uno sobre cada tetilla, destrozaron el pecho del oficial castrista. Oscar Figueredo murió instantáneamente.

El nudo de tropas comenzó a estrangular al grupo de alzados. Floro Camacho, el lugarteniente de Manolito, lo ayudó a tratar de escapar. El Loco estaba débil. Con hojas de savia se había tapado la herida en el cuello, y la herida de la mano estaba infestada. El Loco sabía que su hora había llegado. Con aplomo, el jefe guerrillero de 19 años de edad le cedió el mando de la guerrilla a Floro Camacho, parapetándose después en unas piedras, para cubrirle la retirada a sus hombres.
Atrajo fuego enemigo sobre sí para salvar a sus hombres. Desde las piedras, disparó con su carabina M I y su pistola calibre .45, para confundir, para que los castristas pensaran que había más de un alzado atrincherado, peleando. Lo rodearon. Le dispararon en cruce de fuego y las balas partieron gajos, reventaron piedras.
Desde el pedregal, El Loco gritó que se rendía, que se le habían acabado las balas. Varios cazadores de las tropas especiales se pararon para ir a capturarlo, pero fueron dispersados por una lluvia de balas. Era un truco. El Loco no iba a rendirse.

La balacera continuó. Desde su escondite, entre piedras comidas por las balas, Manolito El Loco lanzó granadas hacia el nudo de hombres uniformados que cada momento se acercaban más. Mientras el joven alzado se desangraba en el pedregal, Floro Camacho y los otros alzados cruzaban el anillo de tropas que se extendía por varios kilómetros.

Dos cazadores lograron acercarse al guerrillero. Dos ametralladoras vaciaron sus peines sobre las espaldas del muchacho de Chambas. El Loco se retorció entre las piedras y quedó inmóvil.

El comandante Manolito López López había muerto.


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