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Feb.022008

EL HUERFANO
Escambray: La Guerra Olvidada
Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)


Enrique G. Encinosa


EL HUERFANO


Tenía la cara de un niño, pero los ojos estaban hundidos en el rostro, rodeados de oscuras ojeras. Miraba de un lado al otro constantemente, como un animal acorralado. Tenía una melena larga que le cubría el cuello de la camisa de labriego. No tenía más de diecisiete años.


Estaba armado de un rifle Garand. Dos cintos cargados de balas cubrían su vientre. En una cartuchera llevaba un revólver. Amarrado al muslo izquierdo llevaba un cuchillo largo en una funda de cuero. Sus pantalones tenían varios huecos y sus botas estaban rajadas, comidas por la humedad del monte.


Estaba agazapado al borde del sembradío. Me acerqué lentamente.


-¿Qué quieres?- le pregunté.


-Algo de comer. Hace cinco días que no como nada.


-Espérame en el matorral,- le dije, -yo vengo ahora.


Le llevé una cazuela con congrí, unas masas de puerco y un trozo de pan. Le dí un jarrón de agua y un cucharón grande para comer. Nos sentamos juntos a la sombra de una ceiba en el borde del sembradío. Empezó a comer rápidamente, las primeras cucharadas desapareciendo en su boca. Después hizo una pausa, tomó un largo buche de agua y dejó que las gotas de humedad le rodaran por la mejilla y el cuello, salpicándole la camisa.


-Gracias,- me dijo, -no hay nada peor que la sed y el hambre.


-Come lo que quieras,- le dije, --que mi hijo te está preparando un paquete de comida. Tengo unos chorizos y una barra de dulce guayaba que te puedo dar.


-Yo sabía que usted me iba a ayudar. Machete me dijo que usted era de los buenos.


-Ah, tú eres de los hombres de Machete.


-Por los últimos cinco meses. Antes de eso estuve con Cara Linda, pero a Machete le hacían falta prácticos de la zona, y Cara Linda me dió permiso para irme con él.


Siguió comiendo, más lentamente. Entre mordidas miraba hacia los matorrales y el sembradío.


-Eres muy joven,- le dije, -tu padre y tu madre deben estar muy preocupados por ti.


Los ojos dejaron de moverse. Me miraron.


-Mi madre murió hace tiempo. A mi padre lo fusilaron hace ocho meses.


-Lo siento. a


-Vivíamos en una finca cerca de Artemisa, el viejo y yo. Un día cuando llegué de la escuela, el viejo no estaba. Lo habían arrestado y se lo llevaron para La Habana. Cuando llegué a La Cabaña para verlo, ya lo habían fusilado. Nunca supe ni por qué lo mataron. Ni siquiera me lo dijeron. Tampoco re dieron el cadáver. Yo no sé ni donde está enterrado.


-Lo siento,- repetí.


-Cuando regresé a Artemisa, busqué en la finca un revólver viejo que teníamos en la finca y salí a buscar a un miliciano. Encontré a uno cuidando un almacén, con un rifle al hombro. Me le acerqué sonriendo y hablando y le metí un tiro en el cuello. Le quité el rifle y me fui para las lomas.


Pensativo, le pasó la mano a la culata del Garand.


-Y ahora, ésto es lo único que tengo,- me dijo.


Por un rato estuvimos sentados ala sombra de la ceiba, sin conversar. Mi hijo trajo los chorizos y la barra de dulce guayaba. El alzado puso la comida en una mochila vieja que llevaba.


-Si hay algo más que pueda hacer por ti...


-Ya hizo bastante. Voy a dormir lo que queda del día y por la noche me voy. Tengo que reunirmecon Machete.


Nos despedimos. Esa noche, bier tarde, escuché muchos disparos en la distancia. El combate duró vagos minutos.


Al amanecer, dos camiones pararon por la finca. Unos quince milicianos, sucios y sudados venían a tomar agua de mi pozo. Les pregunté qué había pasado. Uno deellos, un sargento, me indicó con un gesto de su brazo que mirara hacia la cama de uno de los camiones.


No tuve que acercarme. Desde donde yo estaba parado podía ver un par de pies cubiertos por botas rajadas por la humedad. A su lado, acostado de lado en la cama de metal, sobresalía la culata de un Garand.



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Feb.022008

EL GALLEGUITO VAZQUEZ
Escambray: La Guerra Olvidada
Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)


Enrique G. Encinosa


EL GALLEGUITO VAZQUEZ


A la muerte le decían La Pelona, y La Pelona estuvo al acecho de El Galleguito Vázquez por mucho tiempo sin lograr empatarse con él.


Varias veces La Pelona estuvo bien cerca de Manolito Vázquez. Una vez fue atrapado en un cañaveral en un cerco proletario donde las balas eran disparadas a quemaropa. Manolín Rodríguez cayó muerto, el cuerpo cosido por una ráfaga, pero El Galleguito disparando su M 1 abrió una brecha y escapó a La Pelona corriendo por una zanja.


En otra ocasión, rodeado, se deslizó de nalgas por el fango suave de una ladera de cañada, hasta caer en un río crecido. Con las balas picando a su lado y sólo la cabeza de pelo claro con ojos verdes asomando sobre el agua, se le escapó de nuevo a los cazadores del LCB.


El Galleguito se alzó contra Fidel a los 20 años de edad en 1961. Ya era un veterano guerrillero. Había sido cabo del Ejército Rebelde en la lucha contra Batista. En su segunda vuelta se unió a otro ex soldado rebelde, Carlos González Garnica, fomentando juntos el primer núcleo de alzados contra el régimen castrista en los llanos del circuito sur de Las Villas, moviéndose activamente en las zonas de Cienfuegos, Roda y Cartagena, hasta el límite de Las Villas con Matanzas.


Después de la muerte de González Garnica, El Galleguito fue ascendido a capitán, jefe de guerrilla. Participó en numerosas emboscadas y se hizo legendario entre los grupos de alzados por sus numerosas burlas a La Pelona, por sus escapes audaces a situaciones que parecían imposibles de sobrevivir.


En San Juan de Los Yeras, su guerrilla fue diezmada en los primeros días de enero de 1963. Atrapado en un cruce de fuego en un campo arado, se batió con su carabina cubriéndole la retirada a sus hombres. Una bala de grueso calibre le abrió un zurro inmenso en el brazo derecho. Disparando a la zurda, rompió el cerco, arrastrándose bajo una lluvia de plomo. Solo, con el brazo destrozado, se arrastró por el monte. Tres días después del combate la guerrilla de Tartabull lo encontró en un matorral. La herida estaba cubierta de gusanos, la carne podrida alrededor de un hueso blanco que se veía claramente en la grieta ripiada por el plomo.


A El Galleguito lo llevaron a Santa Clara, vestido con una capa de agua que le cubría su mugriento uniforme. Eduardo Hurtado lo escondió por varios días, hasta que Enrique Ruano lo transportó a una clínica clandestina, donde médicos villareños operaron su ancha herida, salvándole el brazo.


Por varias semanas El Galleguito estuvo en Santa Clara, cambiando de escondites, esperando recuperarse de su herida para regresar al combate. Un día se aparecieron unos hombres que venían a llevarlo a otro escondite. Después de desarmarlo, los hombres arrestaron al herido, notificándole que ellos eran agentes de Seguridad del Estado.


El Galleguito sonrió amargamente y miró hacia la pistola que le acababan de quitar.


«¡Qué lástima!» dijo El Galleguito.


Lo llevaron a la cárcel de Seguridad del Estado en Santa Clara. Y empezaron los interrogatorios.


«¿Usted ahorcó a alguien?»


«Sí, como no,» respondió El Galleguito, «cuando yo estaba en el Ejército Rebelde ustedes me enseñaron que a los chivatos hay que guindarlos. Yo ahorqué chivatos, nunca a inocentes.»


Manolito Vázquez se mantuvo intransigente. Se negó a delatar colaboradores, a testificar en contra de otros alzados. Le pidieron pena de muerte por fusilamiento y aún así, casi se burla de La Pelona de nuevo. Había un fiscal que le debía la vida a El Galleguito y hubo intentos de conmutarle la sentencia de muerte en cambio por una larga condena carcelaria. Pero Seguridad del Estado intervino pidiendo la pena máxima para el joven jefe guerrillero.


La Pelona, que nunca pudo atrapar al capitán Manolo Vázquez en cercos y en emboscadas, por fín logró atrapar al guerrillero. El Galleguito murió fusilado ante un paredón ensangrentado en Las Villas, el verano de 1963.



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Feb.022008

PEPE CANDELA
Escambray: La Guerra Olvidada
Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)


Enrique G. Encinosa


PEPE CANDELA


Yo era montero de una finca de día y guerrillero de noche. Mi zona de operaciones era cerca de Cienfuegos. Trabajé en la línea-de suministros, pero lo que más hice fue quemar sembradíos. Tanta candela prendí en esa zona, que me decían Pepe Candela.


Hay muchas maneras de quemar un cañaveral. En el Central Constancia usamos fósforo vivo. El fósforo vivo es un liquido que viene en pomitos sellados. Cuando el pomo se rompe y el liquido hace contacto con el aire, entonces comienza a arder. Es una química muy buena, pero rara vez la usábamos, ya que era difícil de conseguir.


Mi método favorito era utilizando un saco viejo de yute. Primero humedeces el saco con gasolina o algo que arda bien. Enciendes el saco y lo dejas quemar un poco. Después lo apagas. El saco después lo tiras en el medio de un campo de caña. Aunque esté apagado, después de un rato, cuando el sol se pone fuerte, comienza a arder de nuevo. Y no había fallo. Yo tiraba cinco o seis sacos de esos en un campo de caña al amanecer, y para el mediodía aquel campo ardía que daba gusto. Y yo, de inocente, trabajando en la finca. Hubo fuegos que yo mismo prendí que después ayudé a apagar.


Cuando un fuego comenzaba a arder, la milicia comenzaba a chapear un trillo, para evitar que el fuego se esparciera. Por eso a mi me gustaba quemar por varios lugares, para que aún si cambiaba el viento la caña ardiera bien.


Un método cruel pero muy práctico era utilizando animales. Le amarrábamos una tira de tela mojada en gasolina a la cola de un gato y le prendíamos candela. El animal aquel, con el fuego en la cola, corría por dentro del campo de caña a toda velocidad, un kilómetro en un minuto, y por donde corría dejaba tallos ardiendo. En el sur de Las Villas en aquellos tiempos habían muchos gatos sin colas.


Otro método era con un pedazo de vela. La vela se colocaba dentro de una lata hueca para que el viento no la apagara, y se colocaba arriba de una pila de hojas secas. Cuando las hojas empezaban a arder, el fuego se esparcía.


Yo conocía a un conductor de trenes que tiraba pedazos de estopa mojadas en grasa en el horno del tren cuando pasaba por el cañaveral. Los trozos de estopa ardiendo eran lanzados al aire por la chimenea del tren. A los pocos minutos ya había siete o ocho fuegos en el sembradío. Aquel conductor de trenes pegó más candela que una guerrilla con un lanza llamas.


También le prendí candela a unos cuantos camiones. A uno le dejé un letrero que decía: Regalo de Pepe Candela. Y la milicia del batey se movilizó para buscar a Pepe Candela, el cual ellos pensaban, era un alzado. Cuando pasaron por la finca donde yo trabajaba, me fuí con ellos, de voluntario para buscar a Pepe Candela. Y estuve dos días persiguiendo mi propia sombra por un seremil de sembradíos y guardarrayas.


Pero nunca apresaron a Pepe Candela.



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Feb.022008

LOS CRISTALES SE RAJAN
Escambray: La Guerra Olvidada

Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)

Enrique G. Encinosa

LOS CRISTALES SE RAJAN

Santa Clara, Las Villas, noviembre de 1963.

Eramos diecisiete en la celda. Nueve eran alzados que habían sido capturados el mes anterior. Nano Pérez y ocho de sus hombres. Todos eran guajiros, hombres de manos callosas y cuerpos pellejudos. Algunos eran hombres maduros y otros, muchachos jovencitos con barbas raídas.

Ramón Marín Espinoza abrió la boca y apuntó con un dedo grueso hacia un empaste.

«Mira esto,» me dijo, «un empaste nuevo. Cuando me cogieron en el cerco tenía una infección y me hicieron un empaste nuevo. Eso es una pérdida de tiempo y dinero. Me arreglaron para matarme.»

«¿Te van a fusilar?»

«Sin duda, compay. Me dejaron ver a mi madre y eso me puso contento. Pero me van a fusilar.»

Los carceleros trajeron la comida. Ocho platos de sopa de fideos. Nueve platos de arroz y picadillo con yuca. Los alzados recibieron los platos de picadillo. Nadie dijo nada. Todos sabíamos lo que aquello significaba. La Ultima Cena.

Después de comer vino la espera. Había poca conversación. El sol se perdió en la línea del horizonte y vino la noche. Entonces vino el escuadrón de fusilamiento, con sus M52 checos. El hombre a cargo del pelotón era un oficial de milicia de apellido Fardales.

Empezaron a llamar nombres. Uno a uno iban saliendo. Dos milicianos le amarraban las manos a las espaldas a los alzados. Sacando y amarrando. Sacaron a ocho y el único guerrillero que quedaba en la celda era Ramón Marín Espinoza.

El guajiro se paró frente a las rejas, mirando hacia los hombres armados, hacia los amigos amarrados. Su voz explotó como una granada, cortando la monotonía del proceso.

«¿Y a mí qué? No se olviden de mí.»

«No te preocupes, que a tí también te toca.»

«Sí coño, abran aquí, que yo también voy. No se olviden de mí.»

El guajiro recogió en sus manos gruesas una javita que contenía una frazada. Con un gesto brusco le tiró la frazada a uno de los ocho quedábamos en la celda.
«Aquí tienen» dijo, «donde yo voy a ir, eso no me hace falta.»

Y salió de la celda. Le amarraron las manos. Los nueve hombres estaban parados en fila. Uno era un muchacho muy joven, tendría dieciocho o diecinueve años. Un miliciano lo hostigó.

«,Te vas a rajar?» le dijo el miliciano al muchacho.

Hubo unos segundos de silencio. El muchacho miró tranquilamente al miliciano.

«Los cristales se rajan,» respondió, «los hombres mueren de pie.»

Eso fue todo. Todos se fueron y nos quedamos ocho hombres en la celda. Me senté en la cama y cerré los ojos. Aunque el paredón estaba muy lejos para oir los disparos, apreté los ojos y traté de olvidarme del eco de las explosiones silentes que retumbaban dentro de mi cabeza.


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Feb.022008

Escambray: La Guerra Olvidada
Escambray: La Guerra Olvidada

Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)

Enrique G. Encinosa

TAGUARI

El Serrucho estaba localizado cerca de Tamarindo, en la provincia de Camagüey. Era un lugar difícil de encontrar, lejos de las carreteras bien transitadas. En los tiempos de Batista había sido una casa de curar tabaco. Después vino la Revolución, y la finca fue intervenida.

Camiones y jeeps cargados de tropas vestidas de verde olivo llegaron al Serrucho. Las edificaciones comenzaron. Se fabricaron oficinas, se pintaron las paredes de verde claro. Frente al patio de cemento, donde habían varios lavaderos, se construyeron una docena de celdas.

El Serrucho no era imponente pero tenia mayimbes importantes. En el cuartel estaban las oficinas del Comandante Víctor Drake, uno de los oficiales principales involucrados en la cacería de alzados. En el mismo edificio estaban las oficinas de Seguridad del Estado, Sección Bandas, del Ministerio del Interior, dirigidas por el primer teniente Rubén Montero y el teniente Arturo Hernández.

Montero y Hernández eran una pareja inseparable. Montero era delgado, de pelo oscuro y nariz afilada. Hernández era corpulento, más de seis pies de estatura, y doscientas libras en un cuerpo adornado de ropa bien planchada y un inmenso sombrero.

Ambos hombres trabajaban bien juntos. En los interrogatorios a los alzados, a los familiares, o a los colaboradores, ambos sabían calibrar bien las debilidades humanas. Sabían cuando amenazar y cuando ser amistosos. Montero se jactaba de sus habilidades persuasivas y Hernández juraba que no había preso que él no pudiera intimidar

El 22 de julio de 1963, en la Sabana de Imías, Sierra de Cubitas, doscientos cazadores del LCB, dirigidos por el teniente Pedro Nodal Loyola, se unieron a un pelotón de policías para atacar a un grupo de alzados acampados en un molino abandonado. El combate fue corto y violento. Seis guerrilleros se batieron contra huestes cuarenta veces superiores. Roberto Rodríguez, el jefe de la guerrilla, fue derribado por el plomo del FAL belga de Nodal Loyola. El guerrillero muerto era una figura grotesca. Tenía puesto su sombrero tejano, pero su mandíbula había desaparecido, arrancada de cuajo por un proyectil.

El cerco se cerró sobre el molino. Un policía fue herido de un balazo en la cabeza. Tres soldados del LCB fueron cortados por la metralla de las armas guerrilleras. Tres guerrilleros rompieron el nudo. Otro alzado fue muerto y uno capturado.

Lo llevaron al Serrucho para ser interrogado. Lo encerraron en una celda que miraba hacia el patio de cemento. Montero y Hernández se prepararon para el interrogatorio. En la oficina verde clara, donde hacía calor de día y frío de noche, ambos hombres ojearon el archivo del reo recién capturado.

Jorge Labrada Martínez. Veinte y dos años de edad. Conocido por Taguari. Sus dos hermanos, Humberto y Rafael, también son alzados. Los tres han estado activos en la región norte de Las Villas y Camagüey por muchos meses.

Montero fue a visitar a Taguari en su celda. El preso estaba vestido sólo con calzoncillos mugrientos. En la mano izquierda tenía una cicatriz larga, herida vieja de cuchillo o navaja. El pelo oscuro del pecho estaba mojado por el sudor, pegado al cuerpo. Sus cabellos estaban sucios y despeinados. Sus ojos eran oscuros, de mirada intensa, ojos más viejos que el resto del cuerpo. Tenía un olor agrio, a yerba y sudor rancio.

Montero empezó suave. Le ofreció comida, refrescos y cigarrillos a Taguari. Después vino el monólogo. Ya Montero se lo sabía de memoria, repitiendo las frases con las inflexiones bien practicadas de un actor.

--Tú eres joven.- decía Montero, -Ya la guerra se te acabó. Te apresamos. Pero puedes rehacer tu vida. Nos puedes ayudar. La Revolución es benévola. Si nos ayudas, en vez de fusilarte, irás a la cárcel. Con buen comportamiento estarás en la calle en cinco o seis años, antes de cumplir los treinta...

Montero continuó hablando, vendiendo la idea. Los ojos oscuros del alzado estaban clavados sobre el teniente. Montero se calló de súbito, esperando una reacción.

-Mire, teniente,- dijo Taguari, -a mí me puede fusilar cuando le de la gana. Yo no ayudo a comunistas.

Montero se encogió de hombros y salió de la celda. La reacción era de esperar. Todos empezaban así, pero en unos días cambiaban de opinión.

El segundo y tercer día se repitió el monólogo. Ambas veces el preso repitió la misma negativa. Montero trajo a una mujer y a un niño al Serrucho. Los paró frente al preso.

-Ella es viuda, y él es huerfano,- dijo el teniente, -y por culpa de ustedes. Su marido era un miliciano que murió en un peine. A lo mejor fuiste tú mismo el que lo mató.

Montero esperó una reacción. Había tenido éxito muchas veces antes. Alzados duros se habían ablandado al ver viudas de luto y muchachitos llorando. Taguari los miró serenamente. Detrás de los ojos oscuros, el alzado pensó en las viudas de los alzados muertos y fusilados.

-Eso no funciona conmigo, Montero.- dijo Taguari, -Llévatela pal carajo. Si me escapo de aquí voy a seguir rompiendo milicianos y haciendo viudas y huérfanos.
«Este es duro,» pensó Montero. «Ahora le toca a Arturo. Si por las buenas no funciona, pues entonces, por las malas.»

Arturo Hernández visitó la celda. Trató de intimidar a Taguari, pero el muchacho no se dejó amenazar. La mano inmensa de Hernández cruzó el rostro del alzado, con una bofetada. Taguari recibió el golpe, y rebotando de la pared pateó al oficial, el pie descalzo clavándose en la barriga de Hernández. Aullando de dolor y rabia, Hernández llamó a los guardias. A Taguari lo golpearon y patearon, dejándolo tirado en el piso frío de la celda.

Hernández se obsecionó con Taguari. Había que quebrar su espíritu, doblegarlo. Taguari era algo personal para Hernández, no un simple preso que debía ser interrogado. Las golpizas continuaron. Los labios amoratados del alzado sólo se abrían para escupir una maldición, para repetir que a él había que fusilarlo.
Un día lo sacaron de la celda. Lo metieron dentro de uno de los lavaderos. Una tapa de metal cubrió la boca del lavadero. Una mano abrió la pila, y el agua comenzó a llenar la caja de concreto. El agua le cubrió las piernas, la barriga, el pecho. El agua continuó subiendo de nivel. Entró por la boca y los huecos de la nariz. Su cuerpo se convulsionó como una marioneta. Su cabeza golpeaba contra la tapa del lavadero.

Lo sacaron inconsciente. Parecía muerto. Arturo Hernández ordenó que le bombearan el estómago.

¡Que no se muera, coño!- decía Hernández, -A ése lo quiero vivo. Ese cabrón es asunto mío.

Taguari vomitó agua. Los párpados se abrieron. Los ojos se abrieron, mirando hacia Hernández y sus hombres.

-¡Maricones!- dijo Taguari vomitando buches de agua.

-¡Comunistas de mierda!- Varias veces lo metieron en el lavadero. Y vomitando agua repetía sus maldiciones.

Después de un par de semanas se lo llevaron del Serrucho para la Finca Casablanca, otro centro de detención, más grande y propicio para interrogatorios. Media docena de golpizas más le propinaron. Montero le hablaba suave, tratando de convencerlo de que ya era hora de rendirse, de evitar más torturas. Hernández lo apaleaba. Pero Taguari no se doblegaba.

La situación se convirtió en una guerra de voluntades. Cada uno estaba obstinado en vencer. Hernández quería causar el dolor insoportable que doblegara físicamente al preso. Montero quería que el hombre se rindiera mentalmente ante una realidad inexorable. Taguari estaba obstinado en no ceder ante sus raptores, en ser destrozado pero no derrotado.

Después de un mes se dieron cuenta que los esfuerzos eran inútiles. Montero visitó a Taguari para informarle que seria fusilado al día siguiente si no aceptaba la última oferta.

-Mire, teniente,- dijo Taguari, -si ustedes son tan machos, vamos al patio. Deme una pistola y yo me bato a tiros con ustedes, uno por uno, hasta que alguien me mate. Lo único que yo quiero es llevarme unos cuantos hijos de putas comunistas más antes de que me llegue mi hora.

Montero no respondió. Al otro día, al anochecer, Jorge Labrada Martínez se encaró a un pelotón de fusilamiento. Taguari se paró frente a los rifles serenamente, sus ojos intensos brillando, hasta que las lenguas de fuego los apagaron.
 


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En262008

Escambray: La Guerra Olvidada
Escambray: La Guerra Olvidada
Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)


Enrique G. Encinosa


EL GUAPO RIVERA


Tiene alrededor de medio siglo de edad, pero parece más joven. Su pelo es negro y tupido. Su cara no tiene arrugas ni rajaduras. El cuerpo es macizo, aunque la pierna derecha_ luce más gruesa que la izquierda.


Agapito Rivera Milián, recién llegado a Miami en mayo de 1988, ha dedicado su vida a la lucha por la libertad de Cuba. Por las últimas dos décadas y media ha sido un preso político plantado, de los más intransigentes que se han confrontado al sistema. Antes del presidio fue, por tres años, comandante guerrillero en Las Villas, recibiendo cinco heridas en combates contra los cazadores de las tropas especiales del ejército castrista.


Le decían E/ Guapo Rivera, por su temeridad, por que peleaba parado, rompiendo los cercos de frente, disparando su fusil ametralladora Browning contra las huestes enemigas. A los 23 años de edad, queriendo alzarse, pero careciendo de experiencia militar y de armamento, se enlistó en la milicia. A las cuatro de la tarde del 2 de octubre de 1960, al Guapo le dieron un rifle Springfield y una canana con 91 balas. A las nueve de la noche se alzó contra el regimen.


En la manigua se codeó con Campitos, con Martí Campos y el Negro Tondike. l Guapo llegó a ser jefe de los alzados en el circuito norte de Las Villas, desde Sagua La Grande hasta Corralillo. Fue herido por primera vez en un combate el 25 de abril de 1962, cuando una bala de metralleta le traspasó la pierna derecha. En ese mismo combate su hermano menor, Estanislao, fue herido tres veces, capturado y fusilado. El Guapo sobrevivió milagrosamente, corriendo varios kilómetros con la pierna sangrando, rompiendo los cercos de la milicia castrista.


El Guapo Rivera fue un dolor de cabeza para las tropas castristas. El Comandante René de Los Santos dirigió varias operaciones contra el jefe guerrillero, pero no lo pudo atrapar. El Comandante Lizardo Proenza, uno de los jefes principales del LCB se vio frustrado tres veces al tratar de atrapar a El Guapo, el cual se escapó por las rendijas de los enormes triple cercos castristas. En una ocasión, a pesar de estar atrapado dentro del nudo por dos noches y tres días, El Guapo logró escapar de nuevo.


El 21 de noviembre, Agapito Rivera, su hermano. Francisco, y otro alzado llamado Mayito García Molina acamparon en un cañaveral. Lizardo Proenza lanzó entonces su cuarta ofensiva contra El Guapo. Los cazadores del LCB cerraron un nudo sobre la zona. Todos los campos de caña cercanos al escondite donde estaban los alzados fueron minados de patrullas castristas tendiendo emboscadas. Los terraplenes fueron sellados por pelotones bien armados. Cazadores de las tropas especiales empezaron a peinar los potreros en búsqueda de los tres guerrilleros.


Los tres alzados salieron del cañaveral intercambiando disparos con el enemigo. Una bala le dió en el brazo derecho a L7 Guapo, pero el jefe guerrillero continuó disparando. A dos kilómetros de donde comenzó la refriega, los tres alzados se toparon con una emboscada en un cañaveral. Ambos lados dispararon a quemarropa. Francisco, el hermano de El Guapo, cayó desplomado. Una bala le atravesó el _ pecho. Otra bala entró por la espalda y salió por el ombligo.


Dejando atrás el cadáver de su segundo hermano, El Guapo y Mayito salieron del campo de caña, perseguidos por una nube de plomo.


Al brincar una cerca, Mayito fue destrozado por una ráfaga de ametralladora. Momentos después, una segunda bala le partió el brazo derecho a El Guapo. Sin poder disparar su rifle ametralladora, Agapito cruzó una línea de milicia corriendo, eludiendo las balas a quemarropa.


Entró en un cañaveral. Los cazadores del LCB dispararon centenares de plomos sobre la figura que huía. Una bala se incrustó en su pierna derecha, pero El Guapo siguió corriendo. Otra bala entró en la pierna izquierda, partiendo la femoral. Dentro del campo de caña El Guapo Rivera se desplomó sobre la tierra villareña.


Entonces se produjo un milagro. Un hombre con un balazo en la femoral se debe desangrar en un par de minutos. Pero a El Guapo se le formó un coágulo arterio venoso en la ingle, una fístula milagrosa que evitó que la sangre circulara libremente y que el herido no se desangrara.


El Guapo se escondió en el cañaveral. No pudiendo disparar el rifle, sacó de su cartuchera la pistola .45 y la rastrilló. Se sentó a esperar su último combate, pero las tropas especiales nose atrevian a entrar al campo de caña a buscar al herido peligroso. Pasó el tiempo y los minutos se convirtieron en horas. El Guapo era una bola de fango y sangre. Encendió un tabaco, quizás la última fuma de su vida, y lo mordió duro, mascando el cabo entre los dientes. La debilidad de la pérdida de sangre le produjo una borrachera. Se dormía, perdiendo el conocimiento, para despertarse minutos después. La vista se le iba y volvía.


Después de tres horas los cazadores entraron en el campo de caña. Encontraron a El Guapo sin conocimiento, lo desarmaron, y lo llevaron a un terraplén. El Guapo despertó a tiempo para sentir como le ripiaban el pantalón y la camisa para curarle las heridas. Un soldado le arrancó el tabaco de la boca. Otros le decían maldiciones. Después de vendarlo, lo fueron a lanzar en la cama de un camión, alándole los cabellos para pararlo.


El Guapo apenas podia hablar, pero le pidió en un murmullo a los cazadores que lo remataran. Varios se burlaron de él.


Lizardo Proenza, el comandante del LCB que había perseguido a El Guapo, disparó una ráfaga de su rifle FAL belga al aire.


-¡Maricones!- les gritó Proenza a sus hombres, -¡Pendejos! Ninguno de ustedes quería fajarse de frente a ése cuando estaba en el cañaveral. ¡Cobardes y putas! Trátenlo con respeto, que ése es un hombre.


Con sus cuatro heridas, a El Guapo lo llevaron a un hospital. Los médicos lo examinaron perplejos, maravillados de que con un plomo en la femoral no se hubiera desangrado. Un médico soviético y trece médicos cubanos lo visitaron para estudiar su caso. Sobrevivió numerosas operaciones y se encaró al presidio con estoicismo patrio.


Aunque por la Ley 988 se suponía que Agapito fuera fusilado, por un milagro fue condenando a treinta años de presidio en vez de ser condenado al paredón. Además de los 25 años de presidio politico plantado, y de cinco heridas de balas en su cuerpo, El Guapo perdió a dos hermanos y a nueve primo hermanos en la lucha guerrillera de los años sesenta.


El Guapo, Agapito Rivera Milián, es el jefe guerrillero que sobrevivió, que más tiempo estuvo alzado contra el castrismo, y el único jefe de sector activo en Las Villas en 1963, que aún vive para contar sobre los heróicos alzamientos de los años sesenta.


El apodo de El Guapo es bien merecido.



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En262008

Escambray: La Guerra Olvidada
Escambray: La Guerra Olvidada
Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)


Enrique G. Encinosa


LA NIÑA DEL ESCAMBRAY


Miami Beach, 1987.


La puerta de la casa de huéspedes en South Beach estaba cerrada. Golpeamos en el cristal con los nudillos. Por una ventana en el segundo piso un hombre se asomó, mirando hacia nuestro grupo, a los cuatro visitantes.


¿Qué desean?


-Venimos a ver a La Niña del Eecambray.


-La Niña, - nos dijo el hombre, -está muy traumatizada. Ella no acepta visitas.


Dígale, le respondí, que Reina Carolina, Polita Grau y su hermano, Ramón, han venido a visitarla. Estas dos mujeres estuvieron plantadas con La Niña en Guanajay y en Guanabacoa.


Momentos después la puerta se abrió. Varios hombres se congregaron en el pasillo. Tres eran ex-presos políticos.


-Es la última puerta al final del pasillo en el segundo piso, nos dijo uno, ---pero La Niña es muy renuente a aceptar visitas.


Detrás de la puerta blanca con el número diecisiete torcido, vive Zoila Aguila Almeida, La Niña de Placetas, la veterana guerrillera del Escambray.


Para mí era un momento emocionante. Desde niño había escuchado cuentos sobre una joven muchacha de Placetas que fue jefa de un grupo de alzados en Las Villas, enfrentándose en combate a las milicias castristas. Siempre la había considerado una figura legendaria, pero nunca había visto siquiera una foto de ella. Ahora, por fin, la iba a conocer y la imagen nebulosa se podría convertir en un ser humano, de carne y hueso.


En 1960, en los penachos de la Sierra del Escambray, grupos de insurgentes mal armados combatían contra el sistema castrista. En esos primeros meses de rebelión, Zoila Aguila se marchó a la manigua con su esposo, un electricista de Remedios llamado Manolo Munso La Guardia. El llevaba una carabina San Cristóbal con seis peines, y ella, un revólver con unas cuantas balas.


En el Escambray, donde Zoila ya había combatido una vez antes, contra Batista, creció día a día la leyenda de la mujer guerrillera. Mochila al hombro, carabina M1 en mano, La Niña combatió a la milicia bajo las órdenes de Osvaldo Ramírez, Tomasito San Gil, y .Julio Emilio Carretero. Durmió en las laderas de los montes, pasó hambre y sed, y a tiro limpio rompió los triple cercos de las milicias castristas. En la manigua parió dos hijas, y ambas murieron en sus brazos de hambre y sed. Para 1963, Zoila era jefa de una guerrilla de doce hombres, veterana de centenares de escaramuzas en los montes villareños. Hay una anécdota que bien describe la sangre fría de la joven guerrillera. contada por uno de los sobrevivientes de la gesta heróica. Rodeados en un triple cerco, los hombres de Carretero se desbandaron, intentando cruzar las líneas castristas sin ser detectados. Uno a uno, los aliados fueron cruzando el cerco, reuniéndose después todos a la orilla de un riachuelo. Carretero contó cabezas. Faltaban dos. Manolo y Zoila. La preocupación aumentó cuando se empezaron a escuchar disparos en la distancia. Carretero, que tenía buen oído para las balas, pudo discernir, entre los disparos de metralletas y rifles checos, el martilleo del Garand de Manolo y el M1 de La Niña. Los alzados comenzaron a correr hacia el sonido de los disparos para socorrer a la pareja. El M1 enmudeció de súbito. Solo se escuchaba el cantar del Garand, el chasquido seco del rifle y el tableteo de las metralletas. Carretero gritó una maldición, pensando que Zoila había caído en el combate y solo Manolo quedaba combatiendo. Al atacar a la milicia en un cruce de fuego y dispersarlos, los alzados quedaron sorprendidos. Acostado en un matorral, con una herida en el hombro se encontraba Manolo Munso. A su lado, con un Garand humeante en las manos, Zoila Aguila se batía sola contra un pelotón de milicia.


En marzo de 1964, después de casi cuatro años alzados en el Escambray, Lar Niña y Manolo fueron capturados, traicionados por Alberto Delgado, El Hombre de Maisinicu, un oficial de Seguridad del Estado que tendió una trampa a las guerrillas de Emilio Carretero. Delgado murió ahorcado de una guásima, pero antes de caer traicionó a más de treinta guerrilleros y a numerosos colaboradores, incluyendo miembros de su propia familia.


En Villa Marista, las oficinas de Seguridad del Estado, Zoila y Manolo fueron separados. Por un tiempo se podían hablar a gritos de celda a celda, pero después a Manolo lo cambiaron de celda, para que ni a gritos lanzados por pasillos se pudieran consolar. A La Niña la encerraron en el Príncipe Negro, un cuarto tapiado subterráneo, donde sólo las ratas la acompañaban.


Después vino el juicio. La Niña y dieciocho alzados recibieron condenas de treinta años de encarcelamiento. Doce guerrilleros fueron fusilados. Manolo Munso La Guardia murió en los fosos de la prisión de la Cabaña, el anochecer del 22 de junio de 1964. mientras cantaba, junto a sus hermanos de lucha, el Himno Nacional de Cuba.


La Niña fue llevada al presidio político de las mujeres. En Guanabacoa, Guanajay, y la hipócritamente llamada Finca Nuevo Amanecer, Zoila continuó la lucha aún tras las rejas. Presa plantada, se negó a doblegarse. Guardias armados con tubos de manguera la golpearon. Fue tapiada en cuartos oscuros, sin luz y comida. Quemó colchones y fue enviada a celdas de castigo.


Rompieron su mente, pero no su espíritu. La locura se apoderó de Zoila, pero ella aún demente, se negó a rehabilitarse. Era mucho el sufrimiento. Dos hijas muertas. Manolo fusilado. Carretero enterrado junto a Manolo en una fosa común. Meses en celdas de castigo. Torturas. Golpizas. Hambre. La volvieron loca pero no lograron doblegarla.


En la cárcel de mujeres, sentada en su camastro, se pasaba horas envuelta en trapos, vestida como una leprosa, sin hablar. Cuando se le permitía salir al patio, se encaramaba en las matas, donde se pasaba largo rato, la vista perdida en un horizonte lejano.


Después de cumplir más de la mitad de su condena, llegó a Miami, una de las últimas presas en salir de Cuba.


Tocamos suavemente con los nudillos en la puerta blanca. La sentimos moviéndose en el cuarto, pero no respondió. Tocamos por segunda vez.


La puerta se abrió lentamente, solo una rendija. Media cara se asomó al pasillo. Pelo azabache, cutis liso, sin arrugas. Voz de timbre claro.


La visita duró veinte minutos. La Niña no nos permitió entrar al cuarto, ni abrió la puerta completamente. Conversó un poco con Pola y Reina Carolina, las amigas del presidio, ignorándonos a Ramón Grau y a mí. Polita le llevaba unos regalos, una botella de perfume y unos abrigos, pero la guerrillera no los aceptó.


-Les habló mucho nos dijo el dueño de la casa de huéspedes, -Ella vive encerrada en el cuarto. Sale una vez al día v se sienta un par de horas en el portal, pero habla poco, y rara vez acepta visitas. ¿De qué vive?-- le pregunté.


-De la ayuda social, y costó trabajo obtenerla. La Niña se negaba a ir a las oficinas del gobierno. Tuvimos que traer a un médico al edificio para que la entrevistara en el pasillo y le diera la certificación médica. Es un caso incurable.


No nos aceptó los regalos.


No----dijo el hombre, ---ella se ofende si alguien le ofrece ayuda. Nosotros hacemos lo que podemos por ella, pero es difícil ayudarla.


Esa noche me costó trabajo dormir. La imagen de aquel rostro tras la puerta blanca quedó grabada en mi memoria. En sus ojos oscuros me he asomado al dolor infinito de mi pueblo.



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