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Feb.022008

LA PELUA
Escambray: La Guerra Olvidada
Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)


Enrique G. Encinosa


LA PELUA


Su nombre era Ramón Galindo, pero le decían La Pelúa por apariencia desgarbada. Todos los alzados vestíamos con ropa ripiada por el monte, oliamos a yerba y sudor agrio, teníamos melenas sombreros empercudidos por la tierra de los potreros.


Pero La Pelúa era algo excepcional. Su pelo estaba siempre engrifado. Su camisa, carente de botones, siempre estaba abierta. D botas de cuero rajado estaban amarradas con trozitos de cordel. Si pantalones tenían parches improvisados. Su mochila estaba deshile chada. La Pe/úa era el guerrillero más ripiado de toda la provincia de Las Villas.


Pero era un muchacho bragado. Cuando estaba con la guerrilla d Blanco Hernández se batió como un perro jíbaro. A la guerrilla 1 cayó atrás un batallón especial de combate dirigido por Gustavo Castellón, al que le decían El Caballo de Mayaguara. Era una fiera, i mejor de todos los oficiales de linea que tenía Fidel. El Caballo estuvo tratando de cercar a la guerrilla de Blanco Hernández por un semana, hasta que por fin los acorraló. Se formó una balacera violenta, y la guerrilla se disolvió, tratando de cruzar el cerco. La Pelú cruzó el triple anillo de tropas que los rodeaban y ya tenía camp libre para escapar, cuando vió a un alzado al que llamaban El Hué vilo caer herido dentro del cerco. La Pelúa dió media vuelta y regreso, al combate. Blanco Hernández había muerto, pero La Pelúa recogió a El Huevito y lo ayudó a escapar.


El Huevito tenía un balazo en la nalga, y apenas podía correr, pera La Pelúa le batió la retirada, batiéndose él sólo contra los cazadores de las tropas especiales. Después La Pelúa cargó con El Huevito tres días por el monte, perseguido por un enjambre de soldados, hasta que dieron con nosotros, con nuestra guerrilla en el borde del circuito su y el Escambray.


Cuando nos topamos con ellos, La Pelúa, emocionado, agotado, se sentó en una piedra a llorar, contento de haber podido salvar al amigo. La herida no era seria, pero sí incómoda, y había botado mucha sangre. La limpiamos y los llevamos a nuestro campamento.


Esa tarde el Congo Pacheco comenzó a afilar una navaja para picar la herida y sacar la bala. El Huevito se asustó cuando vió la navaja.


-Eso no,- dijo el herido, -si me pasas la navaja te prometo que voy a desertar.


El Congo se rió y guardó la navaja. La herida se curó, y El Huevito se quedó con el plomo enterrado en la nalga.


Un día cuando fuimos a recoger provisiones a un lugar que se llamaba El Tenedor, La Pelúa conoció a la hija de uno de nuestros hombres en la línea de suministros, una guajirita muy linda que se llamaba María Rosa. Aquello fue amor a primera vista. Regresamos al campamento y La Pelúa sólo hablaba de María Rosa. Y dió la casualidad que ella también estaba interesada en La Pelúa, ya que cada vez que uno de nuestros hombres visitaba la finca, María Rosa preguntaba por Ramón Galindo.


Todos en la guerrilla sabíamos de las ilusiones románticas de La Pelúa. Todos relajeábamos al muchacho de Cumanayagua, y él, con su buen humor, también se reía. Todos sabíamos que siempre habría un voluntario para ir a recoger provisiones a El Tenedor.


Juan Felipe Castro, conocido por Sancti Spíritus era por aquel entonces el jefe de nuestra guerrilla. Un día nos reunió para informarnos que había una misión que cumplir.


-Varios hombres van a ir conmigo,- dijo el jefe, -que tengo gestiones que hacer y contactos con los cuales reunirme.


-¿Vamos por casualidad a ir por El Tenedor?- pregunté yo, sonriendo con malicia.


-Sí. Es la primera parada.


La Pelúa se pasó el resto de la tarde preparándose para el viaje. Zurció los huecos de los pantalones. Se peinó la bola de pelo. Obtuvo prestados cordones nuevos para las botas. Se afeitó con esmero. Al anochecer estaba listo para marchar. Ahora era el mejor vestido de la tropa. Parecía un cadete.


Sancti Spíritus reunió a los hombres y escogió a varios para la jornada. La Pelúa no era uno de los seleccionados.


-Soy voluntario, capitán,- dijo La Pelúa, -no quiero quedarme en el campamento.


El capitán de nuestra guerrilla, conteniendo la sonrisa, inspeccionó al pulcro guerrillero.


-Sí, puedes ir. Ponte en la punta de la patrulla.


Aquella noche caminamos por aquellas lomas más rapido que nunca. La Pelúa, en la punta de la tropa, estaba marcando el paso a todo galope. Nosotros, choteándolo, inferimos un par de veces que debíamos parar a descansar, hacer la marcha en dos noches, pero La Pelúa protestó.


-Miren,- nos dijo La Pelúa, -cuando lleguemos a El Tenedor, no me digan La Pelúa. Yo soy Ramón Galindo. Quiero que me llamen por mi nombre.


Al otro día vino el ansiado encuentro. Cuando nos encontramos con Maria Rosa y su familia, La Pelúa, haciéndose el hombre interesante, estaba escondido en unos matorrales cercanos. Maria Rosa intercambio saludos con la tropa, buscó la cara conocida, y no la vió.


-¿Y La Pelúa no vino?- preguntó la muchacha.


Ante nuestras carcajadas, Ramón Galindo salió del matorral, tratando de lucir lo más formal posible.


La Pelúa y Maria Rosa se hicieron novios. Se vieron varias veces, pero el romance no duró mucho.


Una tarde la guerrilla fue cercada en un cañaveral. La milicia le prendió candela por las cuatro puntas al campo de caña. Nosotros salimos por donde soplaba el viento, cubiertos por el humo. Es un truco guerrillero. Caminamos un tramo protegidos por el humo, alejándonos del campo ardiendo.


Pero el viento era rastrero. Hubo un cambio de viento y nos quedamos al descubierto en un campo recién arado. No había cobertura. La Pelúa brincó una cerca y se atrincheró en una piña de ratón, cubriéndose como podía. Algunos logramos escapar bajo una lluvia de plomo. Al final sólo quedaba uno de nosotros en el campo arado, herido grave. La Pelúa brincó la cerca de nuevo y corrió por el campo arado, disparando su rifle contra la milicia que se acercaba. Cargó al herido y comenzó a correr hacia nosotros. Una bala lo derribó, pero Ramón se volvió a parar y cargó nuevamente al herido. Caminando dando tumbos, volvió a caer, pero se paró por segunda vez. Estaba tratando de recoger al herido cuando una ráfaga los alcanzó a ambos. La Pelúa fue derribado por tercera vez y su sangre mojó la tierra recién arada.


Aquella fue una noche triste. Maria Rosa perdió a un novio, pero Cuba perdió a un muchacho desgarbado que fue uno de los alzados más puros y valientes del Escambray.



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Feb.022008

EL LOCO LOPEZ
Escambray: La Guerra Olvidada

Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)

Enrique G. Encinosa

EL LOCO LOPEZ

Le decían El Loco. El apodo le vino por su audacia, por su sangre fría, por la manera temeraria de actuar ante el enemigo. Manolo López López era de Chambas, en el norte de Camagüey. Fue encarcelado cuando era aún menor de edad, acusado de participar en actividades guerrilleras contra el régimen castrista. Lo enviaron a Torrens, una cárcel para menores en La Habana, para cumplir sentencia y recibir adoctrinamiento político.

Pero El Loco nunca cumplió la condena. Con una navaja se abrió una herida en el estómago, al lado del ombligo. Lo llevaron a un hospital, donde le cosieron la herida. Y antes de regresar a Torrens, El Loco amarró una tira de sábanas y se lanzó por una ventana, perdiéndose en la oscuridad de la noche.

Casi desnudo, herido, y sin recursos, Manolito López se las arregló para regresar a Camagüey, donde se alzó de nuevo. Cumplió los 18 años en la manigua. Aprendió sus tácticas guerrilleras de Rolando Martín Amodia y Arnoldo Martínez Andrade, dos ex oficiales del Ejército Rebelde que fueron los pioneros de los alzamientos contra el castrismo en Camagüey. El Loco participó en muchas acciones, incluyendo el asalto a las Minas de Perea, la toma de los poblados de Río y Centeno, y numerosas emboscadas en los llanos de la Provincia. Para febrero de 1962, a pesar de su juventud, era comandante guerrillero, jefe de los alzados en Camagüey.

En los próximos seis meses, Manolito El Loco se convirtió en uno de los jefes guerrilleros más audaces de toda Cuba. Los propios castristas publicaron relatos que demuestran la audacia de Manolito. En Boquerón, la milicia tendió una emboscada a los alzados. 'En el primer combate murió un guerrillero, Justo López Fuentes. Al poco rato, cuando la milicia peinaba el terreno en búsqueda de la guerrilla, se escucharon dos disparos. Dos milicianos se desplomaron. Cuando las tropas castristas llegaron al farallón desde donde los alzados habían disparado, no encontraron guerrilleros, pero sí encontraron colgado de un árbol un pequeño letrero que decía.

«Por cada patriota muerto, la vida de dos milicianos.

»(firmado) Manolito López

»Comandante en Jefe Frente Norte de Camagüey,»

A Manolito El Loco lo buscaron con ganas. Y él, con su locura y su audacia, continuó rompiendo cercos. Mucho triple cerco se cerró sobre campo vacío mientras El Loco y sus hombres cruzaban sembradíos y potreros, evadiendo a los cazadores de las tropas especiales castristas.

Con temeridad, los hombres de El Loco López llevaron a cabo constantes contra-ataques, a pesar de ser continuamente perseguidos y acosados por el ejército castrista. El 29 de junio de 1962, con la milicia pisándole los talones, Manolito y sus hombres detuvieron a un ómnibus en El Chorro. Después de matar a dos milicianos que viajaban en el vehículo, El Loco le prendió candela al autobús.

El 10 de agosto lo cercaron en Los Barriles. En el primer combate, Manolito López fue herido. Una bala le produjo una herida en el cuello y otra le traspasó una mano. Los cazadores tiraron un triple anillo. Por una semana, centenares de soldados rastrearon las piedras y los farallones, pero no encontraron el rastro de los once guerrilleros escondidos.

Oscar Figueredo, uno de los jefes de las tropas especiales se adentró en Un pedregal. Allí estaba El Loco. Recostado a unas piedras, el joven jefe guerrillero apuntó serenamente con su carabina M 1. Apretó el gatillo cuatro veces. Tres plomos dieron en el blanco. Una bala se incrustó en la barriga de Figueredo. Dos plomos más, uno sobre cada tetilla, destrozaron el pecho del oficial castrista. Oscar Figueredo murió instantáneamente.

El nudo de tropas comenzó a estrangular al grupo de alzados. Floro Camacho, el lugarteniente de Manolito, lo ayudó a tratar de escapar. El Loco estaba débil. Con hojas de savia se había tapado la herida en el cuello, y la herida de la mano estaba infestada. El Loco sabía que su hora había llegado. Con aplomo, el jefe guerrillero de 19 años de edad le cedió el mando de la guerrilla a Floro Camacho, parapetándose después en unas piedras, para cubrirle la retirada a sus hombres.
Atrajo fuego enemigo sobre sí para salvar a sus hombres. Desde las piedras, disparó con su carabina M I y su pistola calibre .45, para confundir, para que los castristas pensaran que había más de un alzado atrincherado, peleando. Lo rodearon. Le dispararon en cruce de fuego y las balas partieron gajos, reventaron piedras.
Desde el pedregal, El Loco gritó que se rendía, que se le habían acabado las balas. Varios cazadores de las tropas especiales se pararon para ir a capturarlo, pero fueron dispersados por una lluvia de balas. Era un truco. El Loco no iba a rendirse.

La balacera continuó. Desde su escondite, entre piedras comidas por las balas, Manolito El Loco lanzó granadas hacia el nudo de hombres uniformados que cada momento se acercaban más. Mientras el joven alzado se desangraba en el pedregal, Floro Camacho y los otros alzados cruzaban el anillo de tropas que se extendía por varios kilómetros.

Dos cazadores lograron acercarse al guerrillero. Dos ametralladoras vaciaron sus peines sobre las espaldas del muchacho de Chambas. El Loco se retorció entre las piedras y quedó inmóvil.

El comandante Manolito López López había muerto.


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Feb.022008

EL HUERFANO
Escambray: La Guerra Olvidada
Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)


Enrique G. Encinosa


EL HUERFANO


Tenía la cara de un niño, pero los ojos estaban hundidos en el rostro, rodeados de oscuras ojeras. Miraba de un lado al otro constantemente, como un animal acorralado. Tenía una melena larga que le cubría el cuello de la camisa de labriego. No tenía más de diecisiete años.


Estaba armado de un rifle Garand. Dos cintos cargados de balas cubrían su vientre. En una cartuchera llevaba un revólver. Amarrado al muslo izquierdo llevaba un cuchillo largo en una funda de cuero. Sus pantalones tenían varios huecos y sus botas estaban rajadas, comidas por la humedad del monte.


Estaba agazapado al borde del sembradío. Me acerqué lentamente.


-¿Qué quieres?- le pregunté.


-Algo de comer. Hace cinco días que no como nada.


-Espérame en el matorral,- le dije, -yo vengo ahora.


Le llevé una cazuela con congrí, unas masas de puerco y un trozo de pan. Le dí un jarrón de agua y un cucharón grande para comer. Nos sentamos juntos a la sombra de una ceiba en el borde del sembradío. Empezó a comer rápidamente, las primeras cucharadas desapareciendo en su boca. Después hizo una pausa, tomó un largo buche de agua y dejó que las gotas de humedad le rodaran por la mejilla y el cuello, salpicándole la camisa.


-Gracias,- me dijo, -no hay nada peor que la sed y el hambre.


-Come lo que quieras,- le dije, --que mi hijo te está preparando un paquete de comida. Tengo unos chorizos y una barra de dulce guayaba que te puedo dar.


-Yo sabía que usted me iba a ayudar. Machete me dijo que usted era de los buenos.


-Ah, tú eres de los hombres de Machete.


-Por los últimos cinco meses. Antes de eso estuve con Cara Linda, pero a Machete le hacían falta prácticos de la zona, y Cara Linda me dió permiso para irme con él.


Siguió comiendo, más lentamente. Entre mordidas miraba hacia los matorrales y el sembradío.


-Eres muy joven,- le dije, -tu padre y tu madre deben estar muy preocupados por ti.


Los ojos dejaron de moverse. Me miraron.


-Mi madre murió hace tiempo. A mi padre lo fusilaron hace ocho meses.


-Lo siento. a


-Vivíamos en una finca cerca de Artemisa, el viejo y yo. Un día cuando llegué de la escuela, el viejo no estaba. Lo habían arrestado y se lo llevaron para La Habana. Cuando llegué a La Cabaña para verlo, ya lo habían fusilado. Nunca supe ni por qué lo mataron. Ni siquiera me lo dijeron. Tampoco re dieron el cadáver. Yo no sé ni donde está enterrado.


-Lo siento,- repetí.


-Cuando regresé a Artemisa, busqué en la finca un revólver viejo que teníamos en la finca y salí a buscar a un miliciano. Encontré a uno cuidando un almacén, con un rifle al hombro. Me le acerqué sonriendo y hablando y le metí un tiro en el cuello. Le quité el rifle y me fui para las lomas.


Pensativo, le pasó la mano a la culata del Garand.


-Y ahora, ésto es lo único que tengo,- me dijo.


Por un rato estuvimos sentados ala sombra de la ceiba, sin conversar. Mi hijo trajo los chorizos y la barra de dulce guayaba. El alzado puso la comida en una mochila vieja que llevaba.


-Si hay algo más que pueda hacer por ti...


-Ya hizo bastante. Voy a dormir lo que queda del día y por la noche me voy. Tengo que reunirmecon Machete.


Nos despedimos. Esa noche, bier tarde, escuché muchos disparos en la distancia. El combate duró vagos minutos.


Al amanecer, dos camiones pararon por la finca. Unos quince milicianos, sucios y sudados venían a tomar agua de mi pozo. Les pregunté qué había pasado. Uno deellos, un sargento, me indicó con un gesto de su brazo que mirara hacia la cama de uno de los camiones.


No tuve que acercarme. Desde donde yo estaba parado podía ver un par de pies cubiertos por botas rajadas por la humedad. A su lado, acostado de lado en la cama de metal, sobresalía la culata de un Garand.



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Feb.022008

EL GALLEGUITO VAZQUEZ
Escambray: La Guerra Olvidada
Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)


Enrique G. Encinosa


EL GALLEGUITO VAZQUEZ


A la muerte le decían La Pelona, y La Pelona estuvo al acecho de El Galleguito Vázquez por mucho tiempo sin lograr empatarse con él.


Varias veces La Pelona estuvo bien cerca de Manolito Vázquez. Una vez fue atrapado en un cañaveral en un cerco proletario donde las balas eran disparadas a quemaropa. Manolín Rodríguez cayó muerto, el cuerpo cosido por una ráfaga, pero El Galleguito disparando su M 1 abrió una brecha y escapó a La Pelona corriendo por una zanja.


En otra ocasión, rodeado, se deslizó de nalgas por el fango suave de una ladera de cañada, hasta caer en un río crecido. Con las balas picando a su lado y sólo la cabeza de pelo claro con ojos verdes asomando sobre el agua, se le escapó de nuevo a los cazadores del LCB.


El Galleguito se alzó contra Fidel a los 20 años de edad en 1961. Ya era un veterano guerrillero. Había sido cabo del Ejército Rebelde en la lucha contra Batista. En su segunda vuelta se unió a otro ex soldado rebelde, Carlos González Garnica, fomentando juntos el primer núcleo de alzados contra el régimen castrista en los llanos del circuito sur de Las Villas, moviéndose activamente en las zonas de Cienfuegos, Roda y Cartagena, hasta el límite de Las Villas con Matanzas.


Después de la muerte de González Garnica, El Galleguito fue ascendido a capitán, jefe de guerrilla. Participó en numerosas emboscadas y se hizo legendario entre los grupos de alzados por sus numerosas burlas a La Pelona, por sus escapes audaces a situaciones que parecían imposibles de sobrevivir.


En San Juan de Los Yeras, su guerrilla fue diezmada en los primeros días de enero de 1963. Atrapado en un cruce de fuego en un campo arado, se batió con su carabina cubriéndole la retirada a sus hombres. Una bala de grueso calibre le abrió un zurro inmenso en el brazo derecho. Disparando a la zurda, rompió el cerco, arrastrándose bajo una lluvia de plomo. Solo, con el brazo destrozado, se arrastró por el monte. Tres días después del combate la guerrilla de Tartabull lo encontró en un matorral. La herida estaba cubierta de gusanos, la carne podrida alrededor de un hueso blanco que se veía claramente en la grieta ripiada por el plomo.


A El Galleguito lo llevaron a Santa Clara, vestido con una capa de agua que le cubría su mugriento uniforme. Eduardo Hurtado lo escondió por varios días, hasta que Enrique Ruano lo transportó a una clínica clandestina, donde médicos villareños operaron su ancha herida, salvándole el brazo.


Por varias semanas El Galleguito estuvo en Santa Clara, cambiando de escondites, esperando recuperarse de su herida para regresar al combate. Un día se aparecieron unos hombres que venían a llevarlo a otro escondite. Después de desarmarlo, los hombres arrestaron al herido, notificándole que ellos eran agentes de Seguridad del Estado.


El Galleguito sonrió amargamente y miró hacia la pistola que le acababan de quitar.


«¡Qué lástima!» dijo El Galleguito.


Lo llevaron a la cárcel de Seguridad del Estado en Santa Clara. Y empezaron los interrogatorios.


«¿Usted ahorcó a alguien?»


«Sí, como no,» respondió El Galleguito, «cuando yo estaba en el Ejército Rebelde ustedes me enseñaron que a los chivatos hay que guindarlos. Yo ahorqué chivatos, nunca a inocentes.»


Manolito Vázquez se mantuvo intransigente. Se negó a delatar colaboradores, a testificar en contra de otros alzados. Le pidieron pena de muerte por fusilamiento y aún así, casi se burla de La Pelona de nuevo. Había un fiscal que le debía la vida a El Galleguito y hubo intentos de conmutarle la sentencia de muerte en cambio por una larga condena carcelaria. Pero Seguridad del Estado intervino pidiendo la pena máxima para el joven jefe guerrillero.


La Pelona, que nunca pudo atrapar al capitán Manolo Vázquez en cercos y en emboscadas, por fín logró atrapar al guerrillero. El Galleguito murió fusilado ante un paredón ensangrentado en Las Villas, el verano de 1963.



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Feb.022008

PEPE CANDELA
Escambray: La Guerra Olvidada
Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)


Enrique G. Encinosa


PEPE CANDELA


Yo era montero de una finca de día y guerrillero de noche. Mi zona de operaciones era cerca de Cienfuegos. Trabajé en la línea-de suministros, pero lo que más hice fue quemar sembradíos. Tanta candela prendí en esa zona, que me decían Pepe Candela.


Hay muchas maneras de quemar un cañaveral. En el Central Constancia usamos fósforo vivo. El fósforo vivo es un liquido que viene en pomitos sellados. Cuando el pomo se rompe y el liquido hace contacto con el aire, entonces comienza a arder. Es una química muy buena, pero rara vez la usábamos, ya que era difícil de conseguir.


Mi método favorito era utilizando un saco viejo de yute. Primero humedeces el saco con gasolina o algo que arda bien. Enciendes el saco y lo dejas quemar un poco. Después lo apagas. El saco después lo tiras en el medio de un campo de caña. Aunque esté apagado, después de un rato, cuando el sol se pone fuerte, comienza a arder de nuevo. Y no había fallo. Yo tiraba cinco o seis sacos de esos en un campo de caña al amanecer, y para el mediodía aquel campo ardía que daba gusto. Y yo, de inocente, trabajando en la finca. Hubo fuegos que yo mismo prendí que después ayudé a apagar.


Cuando un fuego comenzaba a arder, la milicia comenzaba a chapear un trillo, para evitar que el fuego se esparciera. Por eso a mi me gustaba quemar por varios lugares, para que aún si cambiaba el viento la caña ardiera bien.


Un método cruel pero muy práctico era utilizando animales. Le amarrábamos una tira de tela mojada en gasolina a la cola de un gato y le prendíamos candela. El animal aquel, con el fuego en la cola, corría por dentro del campo de caña a toda velocidad, un kilómetro en un minuto, y por donde corría dejaba tallos ardiendo. En el sur de Las Villas en aquellos tiempos habían muchos gatos sin colas.


Otro método era con un pedazo de vela. La vela se colocaba dentro de una lata hueca para que el viento no la apagara, y se colocaba arriba de una pila de hojas secas. Cuando las hojas empezaban a arder, el fuego se esparcía.


Yo conocía a un conductor de trenes que tiraba pedazos de estopa mojadas en grasa en el horno del tren cuando pasaba por el cañaveral. Los trozos de estopa ardiendo eran lanzados al aire por la chimenea del tren. A los pocos minutos ya había siete o ocho fuegos en el sembradío. Aquel conductor de trenes pegó más candela que una guerrilla con un lanza llamas.


También le prendí candela a unos cuantos camiones. A uno le dejé un letrero que decía: Regalo de Pepe Candela. Y la milicia del batey se movilizó para buscar a Pepe Candela, el cual ellos pensaban, era un alzado. Cuando pasaron por la finca donde yo trabajaba, me fuí con ellos, de voluntario para buscar a Pepe Candela. Y estuve dos días persiguiendo mi propia sombra por un seremil de sembradíos y guardarrayas.


Pero nunca apresaron a Pepe Candela.



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Feb.022008

LOS CRISTALES SE RAJAN
Escambray: La Guerra Olvidada

Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)

Enrique G. Encinosa

LOS CRISTALES SE RAJAN

Santa Clara, Las Villas, noviembre de 1963.

Eramos diecisiete en la celda. Nueve eran alzados que habían sido capturados el mes anterior. Nano Pérez y ocho de sus hombres. Todos eran guajiros, hombres de manos callosas y cuerpos pellejudos. Algunos eran hombres maduros y otros, muchachos jovencitos con barbas raídas.

Ramón Marín Espinoza abrió la boca y apuntó con un dedo grueso hacia un empaste.

«Mira esto,» me dijo, «un empaste nuevo. Cuando me cogieron en el cerco tenía una infección y me hicieron un empaste nuevo. Eso es una pérdida de tiempo y dinero. Me arreglaron para matarme.»

«¿Te van a fusilar?»

«Sin duda, compay. Me dejaron ver a mi madre y eso me puso contento. Pero me van a fusilar.»

Los carceleros trajeron la comida. Ocho platos de sopa de fideos. Nueve platos de arroz y picadillo con yuca. Los alzados recibieron los platos de picadillo. Nadie dijo nada. Todos sabíamos lo que aquello significaba. La Ultima Cena.

Después de comer vino la espera. Había poca conversación. El sol se perdió en la línea del horizonte y vino la noche. Entonces vino el escuadrón de fusilamiento, con sus M52 checos. El hombre a cargo del pelotón era un oficial de milicia de apellido Fardales.

Empezaron a llamar nombres. Uno a uno iban saliendo. Dos milicianos le amarraban las manos a las espaldas a los alzados. Sacando y amarrando. Sacaron a ocho y el único guerrillero que quedaba en la celda era Ramón Marín Espinoza.

El guajiro se paró frente a las rejas, mirando hacia los hombres armados, hacia los amigos amarrados. Su voz explotó como una granada, cortando la monotonía del proceso.

«¿Y a mí qué? No se olviden de mí.»

«No te preocupes, que a tí también te toca.»

«Sí coño, abran aquí, que yo también voy. No se olviden de mí.»

El guajiro recogió en sus manos gruesas una javita que contenía una frazada. Con un gesto brusco le tiró la frazada a uno de los ocho quedábamos en la celda.
«Aquí tienen» dijo, «donde yo voy a ir, eso no me hace falta.»

Y salió de la celda. Le amarraron las manos. Los nueve hombres estaban parados en fila. Uno era un muchacho muy joven, tendría dieciocho o diecinueve años. Un miliciano lo hostigó.

«,Te vas a rajar?» le dijo el miliciano al muchacho.

Hubo unos segundos de silencio. El muchacho miró tranquilamente al miliciano.

«Los cristales se rajan,» respondió, «los hombres mueren de pie.»

Eso fue todo. Todos se fueron y nos quedamos ocho hombres en la celda. Me senté en la cama y cerré los ojos. Aunque el paredón estaba muy lejos para oir los disparos, apreté los ojos y traté de olvidarme del eco de las explosiones silentes que retumbaban dentro de mi cabeza.


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Feb.022008

Escambray: La Guerra Olvidada
Escambray: La Guerra Olvidada

Un Libro Historico De Los Combatientes Anticastristas En Cuba (1960-1966)

Enrique G. Encinosa

TAGUARI

El Serrucho estaba localizado cerca de Tamarindo, en la provincia de Camagüey. Era un lugar difícil de encontrar, lejos de las carreteras bien transitadas. En los tiempos de Batista había sido una casa de curar tabaco. Después vino la Revolución, y la finca fue intervenida.

Camiones y jeeps cargados de tropas vestidas de verde olivo llegaron al Serrucho. Las edificaciones comenzaron. Se fabricaron oficinas, se pintaron las paredes de verde claro. Frente al patio de cemento, donde habían varios lavaderos, se construyeron una docena de celdas.

El Serrucho no era imponente pero tenia mayimbes importantes. En el cuartel estaban las oficinas del Comandante Víctor Drake, uno de los oficiales principales involucrados en la cacería de alzados. En el mismo edificio estaban las oficinas de Seguridad del Estado, Sección Bandas, del Ministerio del Interior, dirigidas por el primer teniente Rubén Montero y el teniente Arturo Hernández.

Montero y Hernández eran una pareja inseparable. Montero era delgado, de pelo oscuro y nariz afilada. Hernández era corpulento, más de seis pies de estatura, y doscientas libras en un cuerpo adornado de ropa bien planchada y un inmenso sombrero.

Ambos hombres trabajaban bien juntos. En los interrogatorios a los alzados, a los familiares, o a los colaboradores, ambos sabían calibrar bien las debilidades humanas. Sabían cuando amenazar y cuando ser amistosos. Montero se jactaba de sus habilidades persuasivas y Hernández juraba que no había preso que él no pudiera intimidar

El 22 de julio de 1963, en la Sabana de Imías, Sierra de Cubitas, doscientos cazadores del LCB, dirigidos por el teniente Pedro Nodal Loyola, se unieron a un pelotón de policías para atacar a un grupo de alzados acampados en un molino abandonado. El combate fue corto y violento. Seis guerrilleros se batieron contra huestes cuarenta veces superiores. Roberto Rodríguez, el jefe de la guerrilla, fue derribado por el plomo del FAL belga de Nodal Loyola. El guerrillero muerto era una figura grotesca. Tenía puesto su sombrero tejano, pero su mandíbula había desaparecido, arrancada de cuajo por un proyectil.

El cerco se cerró sobre el molino. Un policía fue herido de un balazo en la cabeza. Tres soldados del LCB fueron cortados por la metralla de las armas guerrilleras. Tres guerrilleros rompieron el nudo. Otro alzado fue muerto y uno capturado.

Lo llevaron al Serrucho para ser interrogado. Lo encerraron en una celda que miraba hacia el patio de cemento. Montero y Hernández se prepararon para el interrogatorio. En la oficina verde clara, donde hacía calor de día y frío de noche, ambos hombres ojearon el archivo del reo recién capturado.

Jorge Labrada Martínez. Veinte y dos años de edad. Conocido por Taguari. Sus dos hermanos, Humberto y Rafael, también son alzados. Los tres han estado activos en la región norte de Las Villas y Camagüey por muchos meses.

Montero fue a visitar a Taguari en su celda. El preso estaba vestido sólo con calzoncillos mugrientos. En la mano izquierda tenía una cicatriz larga, herida vieja de cuchillo o navaja. El pelo oscuro del pecho estaba mojado por el sudor, pegado al cuerpo. Sus cabellos estaban sucios y despeinados. Sus ojos eran oscuros, de mirada intensa, ojos más viejos que el resto del cuerpo. Tenía un olor agrio, a yerba y sudor rancio.

Montero empezó suave. Le ofreció comida, refrescos y cigarrillos a Taguari. Después vino el monólogo. Ya Montero se lo sabía de memoria, repitiendo las frases con las inflexiones bien practicadas de un actor.

--Tú eres joven.- decía Montero, -Ya la guerra se te acabó. Te apresamos. Pero puedes rehacer tu vida. Nos puedes ayudar. La Revolución es benévola. Si nos ayudas, en vez de fusilarte, irás a la cárcel. Con buen comportamiento estarás en la calle en cinco o seis años, antes de cumplir los treinta...

Montero continuó hablando, vendiendo la idea. Los ojos oscuros del alzado estaban clavados sobre el teniente. Montero se calló de súbito, esperando una reacción.

-Mire, teniente,- dijo Taguari, -a mí me puede fusilar cuando le de la gana. Yo no ayudo a comunistas.

Montero se encogió de hombros y salió de la celda. La reacción era de esperar. Todos empezaban así, pero en unos días cambiaban de opinión.

El segundo y tercer día se repitió el monólogo. Ambas veces el preso repitió la misma negativa. Montero trajo a una mujer y a un niño al Serrucho. Los paró frente al preso.

-Ella es viuda, y él es huerfano,- dijo el teniente, -y por culpa de ustedes. Su marido era un miliciano que murió en un peine. A lo mejor fuiste tú mismo el que lo mató.

Montero esperó una reacción. Había tenido éxito muchas veces antes. Alzados duros se habían ablandado al ver viudas de luto y muchachitos llorando. Taguari los miró serenamente. Detrás de los ojos oscuros, el alzado pensó en las viudas de los alzados muertos y fusilados.

-Eso no funciona conmigo, Montero.- dijo Taguari, -Llévatela pal carajo. Si me escapo de aquí voy a seguir rompiendo milicianos y haciendo viudas y huérfanos.
«Este es duro,» pensó Montero. «Ahora le toca a Arturo. Si por las buenas no funciona, pues entonces, por las malas.»

Arturo Hernández visitó la celda. Trató de intimidar a Taguari, pero el muchacho no se dejó amenazar. La mano inmensa de Hernández cruzó el rostro del alzado, con una bofetada. Taguari recibió el golpe, y rebotando de la pared pateó al oficial, el pie descalzo clavándose en la barriga de Hernández. Aullando de dolor y rabia, Hernández llamó a los guardias. A Taguari lo golpearon y patearon, dejándolo tirado en el piso frío de la celda.

Hernández se obsecionó con Taguari. Había que quebrar su espíritu, doblegarlo. Taguari era algo personal para Hernández, no un simple preso que debía ser interrogado. Las golpizas continuaron. Los labios amoratados del alzado sólo se abrían para escupir una maldición, para repetir que a él había que fusilarlo.
Un día lo sacaron de la celda. Lo metieron dentro de uno de los lavaderos. Una tapa de metal cubrió la boca del lavadero. Una mano abrió la pila, y el agua comenzó a llenar la caja de concreto. El agua le cubrió las piernas, la barriga, el pecho. El agua continuó subiendo de nivel. Entró por la boca y los huecos de la nariz. Su cuerpo se convulsionó como una marioneta. Su cabeza golpeaba contra la tapa del lavadero.

Lo sacaron inconsciente. Parecía muerto. Arturo Hernández ordenó que le bombearan el estómago.

¡Que no se muera, coño!- decía Hernández, -A ése lo quiero vivo. Ese cabrón es asunto mío.

Taguari vomitó agua. Los párpados se abrieron. Los ojos se abrieron, mirando hacia Hernández y sus hombres.

-¡Maricones!- dijo Taguari vomitando buches de agua.

-¡Comunistas de mierda!- Varias veces lo metieron en el lavadero. Y vomitando agua repetía sus maldiciones.

Después de un par de semanas se lo llevaron del Serrucho para la Finca Casablanca, otro centro de detención, más grande y propicio para interrogatorios. Media docena de golpizas más le propinaron. Montero le hablaba suave, tratando de convencerlo de que ya era hora de rendirse, de evitar más torturas. Hernández lo apaleaba. Pero Taguari no se doblegaba.

La situación se convirtió en una guerra de voluntades. Cada uno estaba obstinado en vencer. Hernández quería causar el dolor insoportable que doblegara físicamente al preso. Montero quería que el hombre se rindiera mentalmente ante una realidad inexorable. Taguari estaba obstinado en no ceder ante sus raptores, en ser destrozado pero no derrotado.

Después de un mes se dieron cuenta que los esfuerzos eran inútiles. Montero visitó a Taguari para informarle que seria fusilado al día siguiente si no aceptaba la última oferta.

-Mire, teniente,- dijo Taguari, -si ustedes son tan machos, vamos al patio. Deme una pistola y yo me bato a tiros con ustedes, uno por uno, hasta que alguien me mate. Lo único que yo quiero es llevarme unos cuantos hijos de putas comunistas más antes de que me llegue mi hora.

Montero no respondió. Al otro día, al anochecer, Jorge Labrada Martínez se encaró a un pelotón de fusilamiento. Taguari se paró frente a los rifles serenamente, sus ojos intensos brillando, hasta que las lenguas de fuego los apagaron.
 


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